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Oraciones de Domingo de Resurrección

ORACIÓN I

¡Oh Alto y Glorioso Dios!
Mi vida es como una vidriera
iluminada por tu GRACIA multicolor.

Tú me has RESUCITADO
con Cristo, el Señor,
¡Aleluya!
Mi vida está con Él
escondida en Tí,
¡Aleluya!
Has sellado tu Alianza
de Amor y Vida conmigo,
¡Aleluya!
Nada podrá separarme jamás
de tu Amor,
¡Aleluya!
Hazme testigo fiel
de la Resurrección del Señor Jesús,
¡Aleluya!

Padre, renueva en mí tu Alianza
con el fruto de tu ALEGRÍA.

 

 

ORACIÓN II

Te bendecimos, Señor, a ti que eres nuestra luz,
y te pedimos que este domingo que ahora empezamos
transcurra todo él consagrado a tu alabanza.

Tú que por la resurrección de tu Hijo quisiste iluminar el mundo,
haz que tu Iglesia difunda entre todos los hombres la alegría
pascual.

Tú que por el Espíritu de la verdad adoctrinaste a los discípulos de
tu Hijo,
envía este mismo Espíritu a tu Iglesia para que permanezca
siempre fiel a ti.

Tú que eres luz para todos los hombres, acuérdate de los que viven
aún en las tinieblas
y abre los ojos de su mente para que te reconozcan a ti, único
Dios verdadero.
Amen.

 

ORACIÓN III

Amaneció tu día, Señor,
y la esperanza
despunta otra vez
en cada corazón
como ansia apasionada
de vivir.

Tocan al vuelo las campanas,
todo es ya alegría,
un canto nuevo
se escucha en la armonía
de la Creación entera.

Si Tú vives, Señor,
si ya has vencido la muerte
que destruye nuestro ser;
ya podemos Señor,
vivir contigo
en un reino que no se acabará
ya tenemos el germen de la vida,
ya es nuestra hasta el fin
la eternidad.

 

ORACIÓN IV

Hoy es el sagrado día de pascua en que Jesús venciendo a la muerte
volvió a la vida para que nosotros tuviéramos VIDA en abundancia.

Como corresponde a una familia cristiana, imploremos la bendición divina.
sobre nuestra familia y nuestra casa
(digamos después de cada invocación)
“Bendícenos Señor porque somos tus hijos”

– Porque con la resurrección de Jesús venciste la muerte para siempre…
– Porque sellaste una alianza de amor con todo tu pueblo…
– Porque nos liberaste de la esclavitud del pecado…
– Porque nos diste la gracia de ser una familia cristiana…
– Porque prometiste a quienes te son fieles bendecir a los hijos de sus hijos…
– Porque nos das la oportunidad de renovar nuestras vidas en esta pascua…
– Porque nos permites ganar nuestro pan y nos colmas de tus bienes…
– Porque nos reanimas con tu ayuda en medio de las dificultades…
– Porque un día nos reunirás con los seres queridos en la mesa celestial…
¡JESUS resucitó!

Amén. Lee el resto de esta entrada

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CATEQUESIS DE JUAN PABLO II SOBRE LA RESURECCIÓN

LA RESURRECCIÓN COMO HECHO HISTÓRICO QUE AFIRMA LA FE

SS Juan Pablo II, 25 de enero, 1989

1. En esta catequesis afrontamos la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, documentada por el Nuevo Testamento, creída y vivida como verdad central por las primeras comunidades cristianas, transmitida como fundamental por la tradición, nunca olvidada por los cristianos verdaderos y hoy profundizada, estudiada y predicada como parte esencial del misterio pascual, junto con la cruz; es decir la resurrección de Cristo. De El, en efecto, dice el Símbolo de los Apóstoles que ‘al tercer día resucitó de entre los muertos’; y el Símbolo niceno-constantinopolitano precisa: ‘Resucitó al tercer día, según las Escrituras’.

Es un dogma de la fe cristiana, que se inserta en un hecho sucedido y constatado históricamente. Trataremos de investigar ‘con las rodillas de lamente inclinadas’ el misterio enunciado por el dogma y encerrado en el acontecimiento, comenzando con el examen de los textos bíblicos que lo atestiguan.

2. El primero y más antiguo testimonio escrito sobre la resurrección de Cristo se encuentra en la primera Carta de San Pablo a los Corintios. En ella el Apóstol recuerda a los destinatarios de la Carta (hacia la Pascua del año 57 d. De C.): ‘Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde a todos los Apóstoles. Y en último lugar a mi, como a un abortivo’ (1 Cor 15, 3-8).

Como se ve, el Apóstol haba aquí de la tradición viva de la resurrección, de la que él había tenido conocimiento tras su conversión a las puertas de Damasco (Cfr. Hech 9, 3)18). Durante su viaje a Jerusalén se encontró con el Apóstol Pedro, y también con Santiago, como lo precisa la Carta a los Gálatas (1,18 ss.), que ahora ha citado como los dos principales testigos de Cristo resucitado.

3. Debe también notarse que, en el texto citado, San Pablo no habla sólo de la resurrección ocurrida el tercer día ‘según las Escrituras’ (referencia bíblica que toca ya la dimensión teológica del hecho), sino que al mismo tiempo recurre a los testigos a los que Cristo se apareció personalmente. Es un signo, entre otros, de que la fe de la primera comunidad de creyentes, expresada por Pablo en la Carta a los Corintios, se basa en el testimonio de hombres concretos, conocidos por los cristianos y que en gran parte vivían todavía entre ellos. Estos ‘testigos de la resurrección de Cristo’ (Cfr. Hech 1, 22), sonante todo los Doce Apóstoles, pero no sólo ellos: Pablo habla de a aparición de Jesús incluso a más de quinientas personas a la vez, además de las apariciones a Pedro, a Santiago y a los Apóstoles.

4. Frente a este texto paulino pierden toda admisibilidad las hipótesis con las que se ha tratado, en manera diversa, de interpretar la resurrección de Cristo abstrayéndola del orden físico, de modo que no se reconocía como un hecho histórico; por ejemplo, la hipótesis, según la cual la resurrección no sería otra cosa que una especie de interpretación del estado en el que Cristo se encuentra tras la muerte (estado de vida, y no de muerte), o la otra hipótesis que reduce la resurrección al influjo que Cristo, tras su muerte, no dejó de ejercer (y más aún reanudó con nuevo e irresistible vigor) sobre sus discípulos. Estas hipótesis parecen implicar un prejuicio de rechazo a la realidad de la resurrección, considerada solamente como ‘el producto’ del ambiente, o sea, de la comunidad de Jerusalén. Ni la interpretación ni el prejuicio hallan comprobación en los hechos. San Pablo, por el contrario, en el texto citado recurre a los testigos oculares del ‘hecho’: su convicción sobre la resurrección de Cristo, tiene por tanto una base experimental.

Está vinculada a ese argumento ‘ex factis’, que vemos escogido y seguido por los Apóstoles precisamente en aquella primera comunidad de Jerusalén. Efectivamente, cuando se trata de la elección de Matías, uno de los discípulos más asiduos de Jesús, para completar el número de los ‘Doce’ que había quedado incompleto por la traición y muerte de Judas Iscariote, los Apóstoles requieren como condición que el que sea elegido no sólo haya sido ‘compañero’ de ellos en el período en que Jesús enseñaba y actuaba, sino que sobre todo pueda ser ‘testigo de su resurrección’ gracias a la experiencia realizada en los días anteriores al momento en el que Cristo (como dicen ellos) ‘fue ascendido al cielo entre nosotros’ (Hech 1, 22).

5. Por tanto no se puede presentar la resurrección, como hace cierta crítica neostestamentaria poco respetuosa de los datos históricos, como un ‘producto’ de la primera comunidad cristiana, la de Jerusalén. La verdad sobre la resurrección no es un producto de la fe de los Apóstoles o de los demás discípulos pre o post-pascuales. De los textos resulta más bien que la fe ‘prepascual’ de los seguidores de Cristo fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro. El mismo había anunciado esta prueba, especialmente con las palabras dirigidas a Simón Pedro cuando ya estaba a las puertas de los sucesos trágicos de Jerusalén; ‘¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca’ (Lc 22, 31-32). La sacudida provocada por la pasión y muerte de Cristo fue tan grande que los discípulos (al menos algunos de ellos) inicialmente no creyeron en la noticia de la resurrección. En todos los Evangelios encontramos la prueba de esto. Lucas, en particular, nos hace saber que cuando las mujeres, ‘regresando del sepulcro, anunciaron todas estas cosas (o sea, el sepulcro vacío) a los Once y a todos los demás…, todas estas palabras les parecieron como desatinos y no les creían’ (Lc 24, 9. 11).

6. Por lo demás, la hipótesis que quiere ver en la resurrección un ‘producto’ de la fe de los Apóstoles, se confuta también por lo que es referido cuando el Resucitado ‘en persona se apareció en medio de ellos y les dijo: ¡Paz a vosotros!’. Ellos, de hecho, ‘creían ver un fantasma’. En esa ocasión Jesús mismo debió vencer sus dudas y temores y convencerles de que ‘era El’: ‘Palpadme y ved, que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo’. Y puesto que ellos ‘no acababan de creerlo y estaban asombrados’ Jesús les dijo que le dieran algo de comer y ‘lo comió delante de ellos’ (Cfr. Lc 24,36-43).

7. Además, es muy conocido el episodio de Tomás, que no se encontraba con los demás Apóstoles cuando Jesús vino a ellos por primera vez, entrando en el Cenáculo a pesar de que la puerta estaba cerrada (Cfr. Jn 20, 19). Cuando, a su vuelta, los demás discípulos le dijeron: ‘Hemos visto al Señor’, Tomás manifestó maravilla e incredulidad, y contestó: ‘Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado no creeré. Ocho días después, Jesús vino de nuevo al Cenáculo, para satisfacer la petición de Tomás ‘el incrédulo’ y le dijo: ‘Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente’. Y cuando Tomás profesó su fe con las palabras ‘Señor mío y Dios mío’, Jesús le dijo: ‘Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído’ (Jn 20, 24-29).

La exhortación a creer, sin pretender ver lo que se esconde Por el misterio de Dios y de Cristo, permanece siempre válida; pero la dificultad del Apóstol Tomás para admitir la resurrección sin haber experimentado personalmente la presencia de Jesús vivo, y luego suceder ante las pruebas que le suministró el mismo Jesús, confirman lo que resulta de los Evangelios sobre la resistencia de los Apóstoles y de los discípulos a admitir la resurrección.

Por esto no tiene consistencia la hipótesis de que la resurrección haya sido un ‘producto’ de la fe (o de la credulidad) de los Apóstoles. Su fe en la resurrección nació, por el contrario (bajo a acción de la gracia divina), de la experiencia directa de la realidad de Cristo resucitado.

8. Es el mismo Jesús el que, tras la resurrección, se pone en contacto con los discípulos con el fin de darles el sentido de la realidad y disipar la opinión (o el miedo) de que se tratara de un ‘fantasma’ y por tanto de que fueran víctimas de una ilusión. Efectivamente, establece con ellos relaciones directas, precisamente mediante el tacto. Así es en el caso de Tomás, que acabamos de recordar, pero también en el encuentro descrito en el Evangelio de Lucas, cuando Jesús dice a los discípulos asustados: ‘Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo’ (24, 39). Les invita a constatar que el cuerpo resucitado, con el que se presenta a ellos, es el mismo que fue martirizado y crucificado. Ese cuerpo posee sin embargo al mismo tiempo propiedades nuevas: se ha ‘hecho espiritual’ (y ‘glorificado’ y por lo tanto ya no está sometido a las limitaciones habituales a los seres materiales y por ello a un cuerpo humano. (En efecto, Jesús entra en el Cenáculo a pesar de que las puertas estuvieran cerradas, aparece y desaparece, etc.) Pero al mismo tiempo ese cuerpo es auténtico y real. En su identidad material está la demostración de la resurrección de Cristo.

9. El encuentro en el camino de Emaús, referido en el Evangelio de Lucas, es un hecho que hace visible de forma particularmente evidente cómo se ha madurado en la conciencia de los discípulos la persuasión de la resurrección precisamente mediante el contacto con Cristo resucitado (Cfr. Lc 24, 15-21). Aquellos dos discípulos de Jesús, que al inicio del camino estaban ‘tristes y abatidos’ con el recuerdo de todo lo que había sucedido al Maestro el día de la crucifixión y no escondían la desilusión experimentada al ver derrumbarse la esperanza puesta en El como Mesías liberador (‘Esperábamos que sería El el que iba a librar a Israel’) experimentan después una transformación total, cuando se les hace claro que el Desconocido, con el que han hablado, es precisamente el mismo Cristo de antes, y se dan cuenta de que El, por tanto, ha resucitado. De toda la narración se deduce que la certeza de la resurrección de Jesús había hecho de ellos casi hombres nuevos. No sólo habían readquirido la fe en Cristo, sino que estaban preparados para dar testimonio de la verdad sobre su resurrección.

Todos estos elementos del texto evangélico, convergentes entre sí, prueban el hecho de la resurrección, que constituye el fundamento de la fe de los Apóstoles y del testimonio que, como veremos en las próximas catequesis, está en el centro de su predicación.

 

EL SEPULCRO VACÍO Y EL ENCUENTRO CON CRISTO RESUCITADO

SS Juan Pablo II, el 1 de febrero, 1989

1. La profesión de fe que hacemos en el Credo cuando proclamamos que Jesucristo ‘al tercer día resucitó de entre los muertos’, se basa en los textos evangélicos que, a su vez, nos transmiten y hacen conocer la primera predicación de los Apóstoles. De estas fuentes resulta que la fe en la resurrección es, desde el comienzo, una convicción basada en un hecho, en un acontecimiento real, y no un mito o una ‘concepción’, una idea inventada por los Apóstoles o producida por la comunidad postpascual reunida en torno a los Apóstoles en Jerusalén, para superar junto con ellos el sentido de desilusión consiguiente a la muerte de Cristo en cruz. De los textos resulta todo lo contrario y por ello, como he dicho, tal hipótesis es también crítica e históricamente insostenible. Los Apóstoles y los discípulos no inventaron la resurrección (y es fácil comprender que eran totalmente incapaces de una acción semejante). No hay rastros de una exaltación personal suya o de grupo, que les haya llevado a conjeturar un acontecimiento deseado y esperado y a proyectarlo en la opinión y en la creencia común como real, casi por contraste y como compensación de la desilusión padecida. No hay huella de un proceso creativo de orden psicológico)sociológico)literario ni siquiera en la comunidad primitiva o en los autores de los primeros siglos. Los Apóstoles fueron los primeros que creyeron, no sin fuertes resistencias, que Cristo había resucitado simplemente porque vivieron la resurrección como un acontecimiento real del que pudieron convencerse personalmente al encontrarse varias veces con Cristo nuevamente vivo, a lo largo de cuarenta días. Las sucesivas generaciones cristianas aceptaron aquel testimonio, fiándose de los Apóstoles y de los demás discípulos como testigos creíbles. La fe cristiana en la resurrección de Cristo está ligada, pues, a un hecho, que tiene una dimensión histórica precisa.

2. Y sin embargo, la resurrección es una verdad que, en su dimensión más profunda, pertenece a la Revelación divina: en efecto, fue anunciada gradualmente de antemano por Cristo a lo largo de su actividad mesiánica durante el período prepascual. Muchas veces predijo Jesús explícitamente que, tras haber sufrido mucho y ser ejecutado, resucitaría. Así, en el Evangelio de Marcos, se dice que tras la proclamación de Pedro en las cerca de Cesarea de Filipo, Jesús ‘comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días. Hablaba de esto abiertamente’ (Mc 8, 31-32). También según Marcos, después de la transfiguración, ‘cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contaran lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos’ (Mc 9. 9). Los discípulos quedaron perplejos sobre el significado de aquella ‘resurrección’ y pasaron a la cuestión, y agitada en el mundo judío, del retorno de Elías (Mc 9, 11): pero Jesús reafirmó la idea de que el Hijo del hombre debería ‘sufrir mucho y ser despreciado’ (Mc 9, 12). Después de la curación del epiléptico endemoniado, en el camino de Galilea recorrido casi clandestinamente, Jesús toma de nuevo la palabra para instruirlos: ‘El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará’. ‘Pero ellos no entendían lo que les decía y temían preguntarle’ (Mc 9, 31-32). Es el segundo anuncio de la pasión y resurrección, al que sigue el tercero, cuando ya se encuentran en camino hacia Jerusalén: ‘Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de él, le escupirán, le azotarán y le matarán, y a los tres días resucitará’ (Mc 10, 33-34).

3. Estamos aquí ante una previsión profética de los acontecimientos, en la que Jesús ejercita su función de revelador, poniendo en relación la muerte y la resurrección unificadas en la finalidad redentora, y refiriéndose al designio divino según el cual todo lo que prevé y predice ‘debe’ suceder. Jesús, por tanto, hace conocer a los discípulos estupefactos e incluso asustados algo del misterio teológico que subyace en los próximos acontecimientos, como por lo demás en toda su vida. Otros destellos de este misterio se encuentran en la alusión al ‘signo de Jonás’ (Cfr. Mt 12, 40) que Jesús hace suyo y aplica a los días de su muerte y resurrección, y en el desafío a los judíos sobre ‘la reconstrucción en tres días del templo que será destruido’ (Cfr. Jn 2, 19). Juan anota que Jesús ‘hablaba del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús’ (Jn 2 20-21). Una vez más nos encontramos ante la relación entre la resurrección de Cristo y su Palabra, ante sus anuncios ligados ‘a las Escrituras’.

4. Pero además de las palabras de Jesús, también a actividad mesiánica desarrollada por El en el período prepascual muestra el poder de que dispone sobre la vida y sobre la muerte, y la conciencia de este poder, como la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5, 39-42), la resurrección del joven de Naín (Lc 7, 12-15), y sobre todo la resurrección de Lázaro (Jn 11, 42-44) que se presenta en el cuarto Evangelio como un anuncio y una prefiguración de la resurrección de Jesús. En las palabras dirigidas a Marta durante este último episodio se tiene la clara manifestación de a autoconciencia de Jesús respecto a su identidad de Señor de la vida y de la muerte y de poseedor de las llaves del misterio de la resurrección: ‘Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás’ (Jn 11, 25-26).

Todo son palabras y hechos que contienen de formas diversas la revelación de la verdad sobre la resurrección en el período prepascual.

5. En el ámbito de los acontecimientos pascuales, el primer elemento ante el que nos encontramos es el ‘sepulcro vacío’. Sin duda no es por sí mismo una prueba directa. A Ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro en el que había sido depositado podría explicarse de otra forma, como de hecho pensó por un momento María Magdalena cuando, viendo el sepulcro vacío, supuso que alguno habría sustraído el cuerpo de Jesús (Cfr. Jn 20, 15). Más aún, el Sanedrín trató de hacer correr la voz de que, mientras dormían los soldados, el cuerpo había sido robado por los discípulos. ‘Y se corrió esa versión entre los judíos, (anota Mateo) hasta el día de hoy’ (Mt 28, 12-15).

A pesar de esto el ‘sepulcro vacío’ ha constituido para todos, amigos y enemigos, un signo impresionante. Para las personas de buena voluntad su descubrimiento fue el primer paso hacia el reconocimiento del ‘hecho’ de la resurrección como una verdad que no podía ser refutada.

6. Así fue ante todo para las mujeres, que muy de mañana se habían acercado al sepulcro para ungir el cuerpo de Cristo. Fueron las primeras en acoger el anuncio: ‘Ha resucitado, no está aquí… Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro…’ (Mc 16, 6-7). ‘Recordad cómo os habló cuando estaba todavía en Galilea, diciendo: !Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado, y al tercer día resucite!. Y ellas recordaron sus palabras’ (Lc 24, 6-8).

Ciertamente las mujeres estaban sorprendidas y asustadas (Cfr. Mc 24, 5). Ni siquiera ellas estaban dispuestas a rendirse demasiado fácilmente a un hecho que, aun predicho por Jesús, estaba efectivamente por encima de toda posibilidad de imaginación y de invención. Pero en su sensibilidad y finura intuitiva ellas, y especialmente María Magdalena, se aferraron a la realidad y corrieron a donde estaban los Apóstoles para darles la alegre noticia.

El Evangelio de Mateo (28, 8-10) nos informa que a lo largo del camino Jesús mismo les salió al encuentro les saludó y les renovó el mandato de llevar el anuncio a los hermanos (Mt 28, 10). De esta forma las mujeres fueron las primeras mensajeras de la resurrección de Cristo, y lo fueron para los mismos Apóstoles (Lc 24, 10). ¡Hecho elocuente sobre la importancia de la mujer ya en los días del acontecimiento pascual!

7. Entre los que recibieron el anuncio de María Magdalena estaban Pedro y Juan (Cfr. Jn 20, 3-8). Ellos se acercaron al sepulcro no sin titubeos, tanto más cuanto que María les había hablado de una sustracción del cuerpo de Jesús del sepulcro (Cfr. Jn 20, 2). Llegados al sepulcro, también lo encontraron vacío. Terminaron creyendo, tras haber dudado no poco, porque, como dice Juan, ‘hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos’ (Jn 20, 9).

Digamos la verdad: el hecho era asombroso para aquellos hombres que se encontraban ante cosas demasiado superiores a ellos. La misma dificultad, que muestran las tradiciones del acontecimiento, al dar una relación de ello plenamente coherente, confirma su carácter extraordinario y el impacto desconcertante que tuvo en el ánimo de los afortunados testigos. La referencia ‘a la Escritura’ es la prueba de la oscura percepción que tuvieron al encontrarse ante un misterio sobre el que sólo la Revelación podía dar luz.

8. Sin embargo, he aquí otro dato que se debe considerar bien: si el ‘sepulcro vacío’ dejaba estupefactos a primera vista y podía incluso generar acierta sospecha, el gradual conocimiento de este hecho inicial, como lo anotan los Evangelios, terminó llevando al descubrimiento de la verdad de la resurrección.

En efecto, se nos dice que las mujeres, y sucesivamente los Apóstoles, se encontraron ante un ‘signo’ particular: el signo de la victoria sobre la muerte. Si el sepulcro mismo cerrado por una pesada losa, testimoniaba la muerte, el sepulcro vacío y la piedra removida daban el primer anuncio de que allí había sido derrotada la muerte.

No puede dejar de impresionar la consideración del estado de ánimo de las tres mujeres, que dirigiéndose al sepulcro al alba se decían entre si: ‘¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro?’ (Mc 16, 3), y que después, cuando llegaron al sepulcro, con gran maravilla constataron que ‘la piedra estaba corrida aunque era muy grande’ (Mc 16, 4). Según el Evangelio de Marcos encontraron en el sepulcro a alguno que les dio el anuncio de la resurrección (Cfr. Mc 16, 5); pero ellas tuvieron miedo y, a pesar de las afirmaciones del joven vestido de blanco, ‘salieron huyendo del sepulcro, pues un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas’ (Mc 16, 8). ¿Cómo no comprenderlas? Y sin embargo la comparación con los textos paralelos de los demás Evangelistas permite afirmar que, aunque temerosas, las mujeres llevaron el anuncio de la resurrección, de la que el ‘sepulcro vacío’ con la piedra corrida fue el primer signo.

9. Para las mujeres y para los Apóstoles el camino abierto por ‘el signo’ se concluye mediante el encuentro con el Resucitado: entonces la percepción aun tímida e incierta se convierte en convicción y, más aún, en fe en Aquél que ‘ha resucitado verdaderamente’. Así sucedió a las mujeres que al ver a Jesús en su camino y escuchar su saludo, se arrojaron a sus pies y lo adoraron (Cfr. Mt 28, 9). Así le pasó especialmente a María Magdalena, que al escuchar que Jesús le llamaba por su nombre, le dirigió antes que nada el apelativo habitual: Rabbuni, ¡Maestro! (Jn 20, 16) y cuando El la iluminó sobre el misterio pascual corrió radiante a llevar el anuncio a los discípulos: ‘!He visto al Señor!’ (Jn 20, 18). Lo mismo ocurrió a los discípulos reunidos en el Cenáculo que la tarde de aquel ‘primer día después del sábado’, cuando vieron finalmente entre ellos a Jesús, se sintieron felices por la nueva certeza que había entrado en su corazón: ‘Se alegraron al ver al Señor’ (Cfr. Jn 20,19-20).

¡El contacto directo con Cristo desencadena la chispa que hace saltar la fe!

 

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RESURRECCIÓN GLORIOSA DEL SEÑOR

 

La gloriosísima y alegrísíma Resurección de nuestro Señor Jesucristo se re­fiere en el sagrado Evangelio por estas palabras: — Al día siguiente después de Parasceve, los príncipes de los sacerdotes y fariseos acudieron juntos a Pilato, y le dijeron: «Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor cuando estaba aún en vida andaba diciendo: Después de tres días resucitaré. Manda, pues que se custodie el sepulcro hasta el tercero día; no sea, que vayan allá sus discípulos y lo hurten, y digan luego a la plebe: Ha re­sucitado de entre los muertos, y sea el postrero error peor que el primero.» Respondióles Pilato: «Ahí tenéis a vuestra disposición la guardia: id, y ponedla co­mo os parezca.» Con eso, yendo al lugar del sepulcro, lo aseguraron bien, sellando la piedra, y poniendo guardas de vista. Más Jesús resucitó al amanecer del pri­mer día de la semana. El ángel del Señor descendió de los cielos, y llegándose re­volvió la losa del sepulcro. Su rostro era deslumbrador como un relámpago y su vestidura blanca como la nieve. A su vis­ta los guardas quedaron yertos de es­panto y como muertos. Viniendo después algunos de ellos a la ciudad, contaron a los príncipes de los sacerdotes lo queha­bía acaecido: y congregados estos en asamblea con los ancianos tuvieron su consejo, y dieron una grande suma de dinero a los soldados con esta adverten­cia: «Habéis de decir: Estando nosotros durmiendo, vinieron de noche sus discí­pulos, y lo hurtaron. Y si esto llega a oídos del presidente, nosotros le aplaca­remos, y os sacaremos a paz y a salvo. Tomando ellos el dinero, obra­ron conforme a la instrucción que se les dió, y la noticia de esto ha corrido entre los judíos hasta el día de hoy, (Matth. XXVII, Marc., XVI). — Aquel mismo día, primero de la semana, sien­do ya tarde y estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban reunidos los discípulos por temor de los judíos, vino Je­sús; y apareciéndose en medio de ellos, les dijo: «La paz sea con vosotros»: mas ellos turbados y espantados imaginaban ver al­gún espíritu. Díjoles Jesús: « ¿De qué os asustáis, y por qué habéis de pensar tales cosas? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad y miradme; que un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.» Dichas estas palabras mostróles las manos y los pies y el costa­do, y echóles en cara la dureza de su co­razón por no haber creído a los que ya le habían visto resucitado. Más como aun no acababan de creer lo que veían, estan­do como estaban enajenados de júbilo y asombro, les dijo Jesús: « ¿Tenéis ahí al­go de comer?» Ellos le presentaron una ración de pescado asado y un panal de miel. Y habiendo comido delante de ellos, tomó las sobras y se las dió. Llenáronse, pues de alegría los discípulos con la vista del Señor (Joann, XXI).
 
   Reflexión: La gloriosa Resurrección de Jesucristo, manifestada por espacio de cuarenta días con muchas y singularísi­mas apariciones que pueden leerse en los cuatro Evangelios, es la prueba más evi­dente e irrefragable de su Divinidad. Es también un divino testimonio de nuestra esperanza; pues habiendo resucitado el Señor, también nosotros, como él nos di­jo, resucitaremos.
 
   Oración: ¡Oh Dios! que en el día de hoy nos has abierto la entrada de la Eternidad por tu Unigénito vencedor de la muerte, favorece con la ayuda de tu gracia las súplicas que nos has inspirado previniéndonos con ella. Por el mismo Je­sucristo, nuestro Señor. Amén.
 
 
FLOS SANCTORVM

DESCENSO DE CRISTO A LOS INFIERNOS

Descendió a los infiernos…
 
  Según hemos dicho, la Muerte de Cristo, como la de los demás hombres, consistió en la separación del alma y el cuerpo; pero la Divinidad estaba tan indisolublemente unida a Cristo hombre que, por más que se separaran entre sí cuerpo y alma, si­guió perfectísimamente vinculada al alma y al cuer­po; por consiguiente, el Hijo de Dios permaneció con el cuerpo en el sepulcro, y descendió con el alma a los infiernos.

Cuatro fueron los motivos por los que Cristo bajó al infierno con el alma.

Primero para sufrir todo el castigo del pecado, y así expiar por completo la culpa. El castigo del pecado del hombre no consistía sólo en la muerte del cuerpo, sino que había también un castigo para el alma: como también ésta había pecado, también el alma misma era castigada careciendo de la visión de Dios, pues aún no se había dado satisfacción para liquidar esta carencia. Por eso, antes del ad­venimiento de Cristo, todos, incluso los santos padres, bajaban al infierno luego de su muerte. Cristo, pues, para sufrir todo el castigo asignado a los pe­cadores, quiso no sólo morir, sino además des­cender al infierno en cuanto a su alma. “He sido contado entre los que descienden al lago; he ve­nido a ser como hombre sin socorro, libre entre los muertos” (Ps 87, 5-6). Los otros se encontraban allí como esclavos; Cristo, como libre.

El segundo motivo fue para auxiliar de manera perfecta a todos sus amigos. Efectivamente, tenía amigos no sólo en el mundo, sino también en el infierno. En este mundo hay algunos amigos de Cristo, los que tienen el amor; pero en el infierno se encontraban muchos que habían muerto en el amor y la fe del que había de venir, como Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, David y tantos otros varones justos y perfectos. Puesto que Cristo había visitado a los suyos que estaban en el mundo, y había acudido en su auxilio por medio de su Muer­te, quiso también visitar a los suyos que se hallaban en el infierno, y acudir en su auxilio bajando a ellos. “Penetraré en todas las partes inferiores de la tierra, visitaré a todos los que duermen, e ilu­minaré a todos los que esperan en el Señor” (Eccli 24, 45).

El tercer motivo fue para triunfar por completo sobre el diablo. Uno triunfa por completo sobre otro cuando no solamente lo vence a campo abier­to, sino que incluso le invade su propia casa, y le arrebata la sede de su reino y su palacio. Cristo ya había triunfado sobre el diablo, y en la Cruz lo había derrotado: “Ahora es el juicio del mundo, ahora el príncipe de este mundo (es decir, el dia­blo) será echado fuera” (Jn 12, 31). Por eso, para triunfar por completo, quiso arrebatarle la sede de su reino, y encadenarlo en su palacio, que es el infierno. Por eso bajó allá, y saqueó sus posesiones, y lo encadenó, y le arrancó su botín. “Despojando a los Principados y Potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en Sí mismo” (Col 2, 15).

De forma parecida también; puesto que Cristo había recibido potestad, y tomado posesión sobre el cielo y sobre la tierra, quiso asimismo tomar posesión del infierno, de modo que, según las pa­labras del Apóstol, “al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra y en el infierno” (Philp 2, 10). “En mi nombre expulsarán los de­monios” (Me 16,17).

El cuarto y último motivo fue para librar a los santos que se encontraban en el infierno. Así como Cristo quiso sufrir la muerte para librar de la muerte a los vivos, así también quiso bajar al in­fierno para librar a los que allí estaban. “Tú tam­bién por la sangre de tu alianza hiciste salir a tus cautivos del lago en que no hay agua” (Zach 9, 11). “Seré, muerte, tu muerte; seré, infierno, tu mor­disco” (Os 13, 14).

En efecto, aunque Cristo destruyó por completo la muerte, no destruyó por completo el infierno, sino que le dio un bocado, pues no libró del infier­no a todos. Libró sólo a los que se hallaban sin pecado mortal y sin pecado original: de éste úl­timo habían quedado libres en cuanto a su perso­na por medio de la circuncisión, y antes de la cir­cuncisión, los desprovistos de uso de razón que se habían salvado en virtud de la fe de unos padres creyentes, y los adultos por medio de los sacrificios y en virtud de la fe en el Cristo que había de ve­nir; todos ellos se encontraban en el infierno a causa del pecado original de Adán, del que única­mente Cristo podía librarlos en cuanto a la natura­leza. Dejó, pues, allí a los que habían bajado con pecado mortal, y a los niños no circuncidados. Por eso dice: “Seré, infierno, tu mordisco”. Queda así claro que Cristo descendió a los infier­nos, y por qué.

De todo lo expuesto podemos sacar cuatro ense­ñanzas.

En primer lugar, una firme esperanza en Dios. Por muy abrumado que se encuentre un hombre, siempre debe esperar su ayuda y confiar en Él. No hay situación tan angustiosa como estar en el infier­no. Por consiguiente, si Cristo libró a los suyos que estaban allí, todo hombre, con tal que sea…

 En la Summa Theologiae (III, q. 52), Santo Tomás es más explícito. Cristo, bajando a los infiernos, sacó de allí a los santos padres que sólo estaban excluidos del cielo por el reato de la pena del pecado original; no libró a los condenados que habían muerto en pecado mortal; a los niños muertos en pecado original no los libró del estado de pura felicidad natural en que se en­contraban, concediéndoles la visión; y no hay razón para asegurar que, por la bajada de Cristo a los infiernos, to­dos los que se hallaban en el purgatorio hayan sido li­brados de él.

 …amigo de Dios, debe tener gran confianza de ser librado por Él de cualquier angustia. “Ésta (la Sa­biduría) no desamparó al justo vendido…, y des­cendió con él al hoyo, y en la prisión no lo aban­donó” (Sap 10, 13-14). Y como Dios ayuda espe­cialmente a sus siervos, muy tranquilo debe vivir quien sirve a Dios. “Quien teme al Señor de nada temblará, ni tendrá pavor, porque él mismo es su esperanza” (Eccli 34, 16).

En segundo lugar, debemos caminar en temor y no ser temerarios; pues aunque Cristo padeció por los pecadores, y descendió al infierno, sin embargo no libró a todos, sino sólo a aquellos que no tenían pecado mortal, según hemos dicho. A los que ha­bían muerto en pecado mortal, los dejó allí. Por tanto, nadie que muera en pecado mortal espere perdón. Al contrario, estará en el infierno tanto tiempo como los santos padres en el paraíso, es de­cir, para siempre. “Irán éstos al suplicio eterno; los justos, en cambio, a la vida eterna” (Mt 25, 46).

En tercer lugar, debemos tener diligencia. Cristo descendió a los infiernos por nuestra salvación, y nosotros también hemos de ser diligentes en bajar allá con frecuencia —mediante la consideración de aquellos tormentos, se entiende—, conforme hacía el santo varón Ezequías, que canta: “Yo dije: en medio de mis días bajaré hasta las puertas del in­fierno” (Is 38, 10). Pues quien desciende allá fre­cuentemente en vida con el pensamiento, no es fácil que descienda al morir, porque tal pensamiento aparta del pecado. En efecto, vemos que los hom­bres de este mundo se guardan de cometer delitos por miedo al castigo temporal; por consiguiente, ¡cuánto más han de guardarse por miedo al castigo del infierno, que es mayor en duración, intensidad y número de tormentos! “Acuérdate de tus postri­merías, y no pecarás jamás” (Eccli 7, 40)2.

En cuarto lugar, recibimos una lección de amor. Si Cristo descendió a los infiernos para librar a los suyos, también nosotros debemos bajar allá para ayudar a los nuestros. Ellos por sí solos nada pueden; por tanto, debemos ayudar a los que se hallan en el purgatorio. Demasiado insensible sería quien no auxiliara a un ser querido encarcelado en la tierra; más insensible es el que no auxilia a un amigo que está en el purgatorio, pues no hay comparación entre las penas de este mundo y las de allí. “Compadeceos de mí, compadeceos de mí siquiera vosotros mis amigos, porque la mano del Señor me ha tocado” (Iob 19, 21). “Es santo y pia­doso el pensamiento de rogar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados (2 Mach 12, 46).

De tres maneras principalmente, según dice Agus­tín, se les puede auxiliar: con misas, con oraciones y con limosnas. Gregorio añade una cuarta, el ayu­no. No es extraño: también en este mundo una persona puede dar satisfacción por otra. Todo ello…

 El Concilio de Trento (1551) definió que es verdadero y provechoso dolor la detestación de los pecados por te­mor a la pérdida de la eterna bienaventuranza y el mereci­miento de la eterna Condenación. Es el dolor imperfecto o de atrición.

 …hay que entenderlo únicamente de los que están en el purgatorio3.

Dos cosas necesita conocer el hombre: la gloria de Dios y los castigos del infierno. Estimulados por la gloria y atemorizados por el castigo se guardan y retraen los hombres del pecado. Pero ambas co­sas son bastante difíciles de conocer. De la gloria leemos: “¿Quién investigará lo que hay en el cielo?” (Sap 9, 16). Difícil es para los terrenales, porque “el que es de la tierra, de la tierra habla” (Jn 3, 31); sin embargo, no es difícil para los espi­rituales, porque “el que viene del cielo, está por en­cima de todos”, según se dice a renglón seguido. Por eso bajó Dios del cielo, y se encarnó, para en­señarnos las cosas celestiales.

Era también difícil conocer los castigos del in­fierno. En boca de los impíos se ponen estas pala­bras: “De nadie se sabe que haya vuelto del infier­no” (Sap 2, 1) Pero tal cosa no puede decirse ya; así como descendió del cielo para enseñarnos las cosas celestiales, igualmente resucitó de los infiernos para instruirnos sobre éstos.

La existencia del purgatorio y la posibilidad de ayu­dar a las almas que allí se encuentran por medio de su­fragios, fueron definidas por el Concilio II de Lyon (1274), el Florentino (1439) y el Tridentino (1547). Lee el resto de esta entrada

Stabat mater… acompañemos a María en su soledad…

Las primeras palabras de dos himnos paralelos, uno de los cuales (Stabat Mater Dolorosa) está en uso litúrgico, mientras el otro (Stabat Mater Speciosa) no lo está. Ambos celebran las emociones de Nuestra Señora en la Cruz y en el Pesebre—Calvario y Belén—respectivamente y que pueden ser convenientemente diferenciados por la tercera palabra, (Dolorosa, Speciosa). La Speciosa contiene trece estrofas (dobles) de seis líneas; la Dolorosa, diez. En otros aspectos los dos himnos tienen un perfecto paralelismo de frases, como se puede ver por la primera estrofa:

 Stabat mater dolorosa

Stabat mater speciosa

Juxta crucem lacrimosa

Juxta Gaudiosa foenum

Dum filius pendebat

Dum jacebat filius

La cuestión sobre cuál es el original y cuál la imitación será discutido más abajo en la sección “La Speciosa”.

1. Stabat mater dolorosa

juxta Crucem lacrimosa,

dum pendebat Filius.

 

2. Cuyus animam gementem,

contristatam et dolentem,

pertransivit gladius.

 

3. O quam tristis et afflicta

fuit illa benedicta

Mater Unigeniti.

 

4. Quae moerebat et dolebat,

Pia Mater cum videbat

Nati poenas incliti.

 

5. Quis est homo qui non fleret,

Matrem Christi si videret

in tanto supplicio?

 

6. Quis non posset contristari,

Christi Matrem contemplari

dolentem cum Filio?

 

7. Pro peccatis suae gentis

vidit Jesum in tormentis

et flagellis subditum.

 

8. Vidit suum dulcem natum

moriendo desolatum,

dum emisit spiritum.

 

9. Eia Mater, fons amoris,

me sentire vim doloris

fac, ut tecum lugeam.

 

10. Fac ut ardeat cor meum

in amando Christum Deum,

ut sibi complaceam.

 

11. Sancta mater, istud agas,

crucifixi fige plagas

cordi meo valide.

 

12. Tui nati vulnerati,

tam dignati pro me pati,

poenas mecum divide.

 

13. Fac me tecum pie flere,

crucifixo condolere,

donec ego vixero.

 

14. Iuxta crucem tecum stare,

et me tibi sociare

in planctu desidero.

 

15. Virgo virginum praeclara,

mihi iam non sis amara:

fac me tecum plangere.

 

16. Fac ut portem Christi mortem,

passionis fac consortem,

et plagas recolere.

 

17. Fac me plagis vulnerari,

fac me cruce inebriari,

et cruore Filii.

 

18. Flammis ne urar succensus

per te Virgo, sim defensus

in die judicii

 

19. Christe, cum sit hinc exire,

da per matrem me venire

ad palmam victoriae.

 

20. Quando corpus morietur,

fac ut animae donetur

Paradisi gloria.

 

Amen.

1. Estaba la Madre dolorosa

junto a la Cruz, llorosa,

en que pendía su Hijo.

 

2. Su alma gimiente,

contristada y doliente

atravesó la espada.

 

3. ¡Oh cuán triste y afligida

estuvo aquella bendita

Madre del Unigénito!

 

4. Languidecía y se dolía

la piadosa Madre que veía

las penas de su excelso Hijo.

 

5. ¿Qué hombre no lloraría

si a la madre de Cristo viera

en tanto suplicio?

 

6. ¿Quién no se entristecería

a la Madre contemplando

con su doliente Hijo?

 

7. Por los pecados de su gente

vio a Jesús en los tormentos

y doblegado por los azotes.

 

8. Vio a su dulce Hijo

muriendo desolado

al entregar su espíritu.

 

9. Ea, Madre, fuente de amor,

hazme sentir tu dolor,

contigo quiero llorar.

 

10. Haz que mi corazón arda

en el amor de mi Dios

y en cumplir su voluntad.

 

11. Santa Madre, yo te ruego

que me traspases las llagas

del Crucificado en el corazón.

 

12. De tu Hijo malherido

que por mí tanto sufrió

reparte conmigo las penas.

 

13. Déjame llorar contigo

condolerme por tu Hijo

mientras yo esté vivo.

 

14. Junto a la Cruz contigo estar

y contigo asociarme

en el llanto es mi deseo.

 

15. Virgen de Vírgenes preclara

no te amargues ya conmigo,

déjame llorar contigo.

 

16. Haz que llore la muerte de Cristo,

hazme socio de su pasión,

haz que me quede con sus llagas.

 

17. Haz que me hieran sus llagas,

haz que con la Cruz me embriague,

y con la Sangre de tu Hijo.

 

18. Para que no me queme en las llamas,

defiéndeme tú, Virgen santa,

en el día del juicio.

 

19. Cuando, Cristo, haya de irme,

concédeme que tu Madre me guíe

a la palma de la victoria.

 

20. Y cuando mi cuerpo muera,

haz que a mi alma se conceda

del Paraíso la gloria.

 Amén.

La “Speciosa” Lee el resto de esta entrada

Segundo día del Triduo Pascual: Sábado Santo

1.«Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y su muerte, su descenso a los infiernos y esperando en la oración y el ayuno su resurrección» .

 2. La Cruz debe seguir entronizada desde ayer, iluminada, y con un laurel de victoria.

 3. Se recomienda en este día la celebración del Oficio de Lectura y de los Laudes. Al final de dicha oración se puede hacer la recepción de los óleos que se han consagrados en la Misa Crismal.

 4. Cuando no sea posible la celebración del Oficio de Lectura y de los Laudes, hay que preparar una celebración de la Palabra o un ejercicio de piedad que corresponda al misterio de este día, como pueden ser: la veneración a la imagen del Señor Crucificado, o a la Imagen del Señor en el sepulcro, así como a la imagen de la Santísima Virgen de los Dolores.

 5. En este día sería oportuno que se organizara, alguna oración de tono mariano, acompañando a María, la Madre que vela junto a la tumba de su Hijo. Si en el Adviento y la Navidad, mirábamos a Santa María tan frecuentemente como modelo de espera y acogida del Mesías, es lógico que la que estuvo al pie de la Cruz, y luego en la alegría de la Pascua y en la espera del Espíritu Santo en Pentecostés, sea recordada en días como éste del Sábado Santo. Así podemos hacer memoria de María con el rezo del “Stabat Mater” y del Santo Rosario (los misterios dolorosos). Pero caben otras oraciones, lecturas y cantos sobre su presencia junto al sepulcro de su Hijo, sobre su fe y esperanza invictas.

 6. Hoy la Iglesia se abstiene absolutamente del sacrificio de la Misa. La sagrada comunión puede darse sólo como viático. No se concede celebrar el matrimonio, ni administrar otros sacramentos, a excepción del Sacramento de la Reconciliación y la Unción de los Enfermos.

 7. En la mañana del Sábado Santo, se pueden realizar algunos de los ritos preparatorios de los bautizos que se habrán de tener en la Vigilia Pascual o en la mañana de Pascua en una celebración sencilla que introduzca más conscientemente en el misterio que se va a celebrar. Se pueden adelantar en esta celebración, por ejemplo, algunos aspectos del bautismo, como la entrega del Símbolo o Credo, el rito del “effetá”, la elección del nombre cristiano y la unción con el óleo de los catecúmenos, como sugiere el Ritual de Iniciación Cristiana de Adultos, N. 26.

 8. Es bueno en este día instruir a la comunidad sobre la naturaleza del Sábado Santo. Es un día de meditación y silencio: el Señor Jesús está en el sepulcro, ha bajado al lugar de los muertos, a lo más profundo a donde puede bajar una persona. Y junto a Él, está la Iglesia, nutriendo su fe y esperanza en la victoria pascual, del corazón creyente de la Santísima Virgen.

 9. Este día es ideal para desarrollar una catequesis sobre el artículo de fe que rezamos en el Credo: “descendió a los infiernos”. Para ello se recomienda desarrollar los números 631-637 del Catecismo de la Iglesia Católica. Lee el resto de esta entrada

Viernes Santo. Explicación y significado de la ceremonia litúrgica

El Viernes Santo, hablando en lenguaje litúrgico, amanece, sombrío y melancólico, como barruntando algo siniestro que en él va a suceder. Jesús ha pasado la noche entre la chusma, siendo el escarnio de la soldadesca, acosada, se diría, por el mismísimo Satanás. Azotado y escupido, desollado y coronado de espinas y cargado con el pesado madero, el divino Nazareno atraviesa las calles de Jerusalén. Va al Calvario a extender sus brazos y a abrir sus labios para abrazar y besar con un solo ademán a toda la humanidad. La naturaleza lo ve, y se horroriza; y anochece el día lo mismo que había amanecido, sombrío y melancólico. Por lo mismo la liturgia de esta dolorosa jornada se celebra toda ella en la penumbra y con todo el aparato fúnebre: pocos cirios amarillos, ornamentos negros, cantos lúgubres, matracas, “improperios” o quejas de amargura…; eso por la mañana, y por la tarde; las “tinieblas”, que equivalen a las exequias del Redentor.

“La Misa de hoy ni tiene principio ni fin; porque el que es principio y fin padeció hoy tan amarga Pasión. Ninguna hostia se consagra; porque el Hijo de Dios estaba hoy en el ara de la Cruz consagrado. Caemos en tierra de rodillas, adosando y besando la Cruz, porque se te acuerde que tu Redentor se inclinó cuando la Cruz estaba tendida en el suelo, abriendo aquellos sagrados y delicados brazos y manos, para que se las enclavasen, y enclavado, fué en la Cruz elevado en el aire…”

 Solemne Función Litúrgica: Lecturas, Canto de la Pasión según San Juan, Oraciones Universales.

 El altar está del todo desnudo y las velas apagadas. Los ministros sagrados, al llegar al presbiterio y vestidos con ornamentos negros, se postran completamente en tierra, en cuya posición humilde permanecen unos minutos, durante los cuales los acólitos cubren con un solo mantel la mesa del altar.

No hay palabras, cánticos ni gestos que puedan expresar más intensamente el abatimiento que embarga hoy a la Iglesia a la vista de Jesús Crucificado. Este silencio aterrador y esta larga postración, adorando y condoliendo al Divino Redentor, es el primero, y quizás el más elocuente, de los ritos de hoy.

Puestos de pie los ministros, cántase, sin título ni anuncio de ninguna clase y en tono de profecía, un pasaje del pro feta Oseas (c. VI) proclamando la próxima resurrección y triunfo del Crucificado, al que sigue un tracto y una colecta, haciendo resaltar, en esta última, el contraste entre el castigo de Judas y el premio del buen Ladrón. Una segunda lectura, tomada del Éxodo (c. XII) relata las circunstancias con que los israelitas sacrificaban y comían el Cordero pascual. Por fin, se canta la historia de la Pasión, según San Juan, en la misma forma que los días anteriores.

Concluída la Pasión, cántase una serie de oraciones por la Iglesia, por el Papa, por todos los ministros de la jerarquía eclesiástica, por las vírgenes, por las viudas, y por los catecúmenos; por la desaparición de los errores, pestes, guerras y hambres; por los enfermos, por los encarcelados, por los viajeros, por los marineros; por la conversión de los herejes; por los “pérfidos” judíos, “para que Dios levante el velo que cubre su corazón y así también ellos conozcan a Jesucristo”, y por los paganos.

De nadie se olvida la Iglesia en este día de perdón universal. A cada oración precede un anuncio solemne de la misma y, para mover más a Dios, una genuflexión general de toda la asamblea. En la oración por los judíos se omite la genuflexión para no recordar -dice algún Ordo romano- la que por bufa hicieron ellos delante de Jesús vestido de púrpura y coronado de espinas; ni tampoco se usa del canto sino sólo de un recitado a media voz, quizá para evitar el que los primitivos cristianos, justamente indignados contra aquel pueblo deicida, se enterasen de este rasgo de condescendencia de la Iglesia.

El texto de estas oraciones y el modo de hacerlas son antiquísimos, y recuerda el tenor de las usadas en las primeras reuniones religiosas y hasta en las sinagogas judías. Es la oración litúrgica que antiguamente seguía a la invitación Oremus que precede inmediatamente al ofertorio de la Misa.

 Adoración de la Santa Cruz y Comunión de los fieles.

 A las ocho de la mañana, refiere la peregrina Etheria, se celebraba en Jerusalén, en la capilla de la Santa Cruz, la adoración del Lignum Crucis, por el obispo, el clero y todos los fieles, ceremonia que duraba hasta el mediodía. Para satisfacer la piedad de todos los cristianos del mundo, esta devoción pasó de Jerusalén a algunas iglesias privilegiadas, y por fin, a todas las de la cristiandad.

Como el Crucifijo está tapado desde el sábado anterior al Domingo de Pasión, el celebrante empieza por descubrirlo, en esta forma: despójase de la casulla, en señal de humildad, y tomando el Crucifijo lo descubre en tres veces: la primera vez, la parte superior, cantando en voz baja la antífona “Ecce Lignum Crucis”, al mismo tiempo que la muestra al pueblo; la segunda, la cabeza, cantando en tono más elevado; y la tercera, todo lo restante del Crucifijo, cantando ya a plena voz, y desde el medio del altar. Parece ser que con este descubrir progresivo de la Cruz y la elevación; por tonos, de la voz, quiere significar la liturgia la triple etapa por qué pasó la predicación del misterio de la Cruz: la primera como al oído, tímidamente, y sólo entre los adeptos del Crucificado; la segunda, ya después de Pentecostés, pública y varonilmente, y a todos los judíos; y la tercera, a todo el mundo y con toda la fuerza de la palabra.

La adoración la hacen todos los fieles, empezando el celebrante y el clero; éstos, en señal de humildad, con los pies descalzos. Antes de acercarse a la Cruz, hacen todos, a convenientes distancias, tres genuflexiones de ambas rodillas; en la última, la adoran besándola. Entre tanto los cantores cantan con conmovedoras melodías el “Trisagio”, en griego y en latín; los “Improperios” o reproches amargos de Dios al ingrato pueblo judío y, en su persona, a los malos cristianos de todos los siglos; y el hermoso himno de Fortunato Pange Lingua, en honor de la Cruz.

En adelante la Cruz presidirá los oficios religiosos y, como un homenaje singular; aun el clero, al pasar delante de ella, la saludará con una genuflexión.

Al final de la adoración de la Cruz, se encienden las velas del altar, se extiende sobre él el corporal, y se organiza, lo mismo que ayer, una solemne procesión al monumento, para tomar la hostia allí reservada. Con esta hostia consagrada ayer, o “presantificada”, se celebra el rito que el Misal denomina Misa de presantificados y los antiguos llamaban “Misa seca”, porque en ella no hay consagración, sino solamente comunión del celebrante con la hostia previamente consagrada. El recuerdo del Sacrificio sangriento del Calvario embarga hoy de tal modo a la Iglesia, que renuncia a la inmolación incruenta de cada día.

El rito se desarrolla en esta forma: Sacada la hostia del cáliz y puesta sobre el corporal, el celebrante pone vino y agua en un cáliz, que no consagra; inciensa la oblata y el altar, como en las misas ordinarias; eleva la hostia; canta el Pater noster; recita en voz alta la oración Liberanos que le sigue; luego, en silencio, otra, como preparación a la comunión, y comulga únicamente bajo la especie de pan, tomando a continuación, a guisa de abluciones, el vino del cáliz. Los fieles no pueden comulgar hoy, a no ser en peligro de muerte, por viático.

A continuación se rezan las Vísperas en tono lúgubre, como ayer; y por la tarde los fieles se entregan a la meditación de la Pasión y Muerte del Señor y Soledad de María.

En Jerusalén -según la mencionada peregrina Etheria- y al terminarse la adoración de la Cruz, que era ya el medio día, comenzaba una serie de lecturas e himnos como para venerar el sagrado madero, durante los cuales a menudo se oían suspiros y sollozos de los fieles. A las tres se leía la historia de la Pasión según San Juan, y a continuación se rezaba Nona, y como anochecía pronto, no había ya Vigilias, si bien muchos fieles pasaban la noche entera delante de la Cruz.

 Luego vendrá la práctica del Santo Via Crucis por las calles en procesión y el Sermón de Soledad, meditando los dolores de María Santísima frente a la Cruz. Lee el resto de esta entrada

Meditaciones del Vía Crucis 2013 presidido por el Papa Francisco

VÍA CRUCIS 2013

 Introducción

 «Se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”» (Mc 10,17).

 Jesús respondió a esta pregunta, que arde en lo más íntimo de nuestro ser, recorriendo la vía de la cruz.

 Te contemplamos, Señor, en este camino que tú has emprendido antes que nadie y al final del cual «pusiste tu cruz como un puente hacia la muerte, de modo que los hombres puedan pasar del país de la muerte al de la Vida» (San Efrén el Sirio, Homilía).

 La llamada a seguirte se dirige a todos, en particular a los jóvenes y a cuantos sufren por las divisiones, las guerras o la injusticia y luchan por ser, en medio de sus hermanos, signos de esperanza y artífices de paz.

 Nos ponemos por tanto ante ti con amor, te presentamos nuestros sufrimientos, dirigimos nuestra mirada y nuestro corazón a tu santa Cruz y, apoyándonos en tu promesa, te rogamos: «Bendito sea nuestro Redentor, que nos ha dado la vida con su muerte. Oh Redentor, realiza en nosotros el misterio de tu redención, por tu pasión, muerte y resurrección» (Liturgia maronita).

PRIMERA ESTACIÓN: Jesús es condenado a muerte

 I Stazione: Gesù è condannato a morte – Via Crucis 2013

  Lectura del Evangelio según san Marcos 15,12-13.15

 Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó: «¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?» Ellos gritaron de nuevo: «Crucifícalo». Y Pilato, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

 Ante Pilato, que ostenta el poder, Jesús debía de haber obtenido justicia. Pilato tenía en efecto el poder de reconocer la inocencia de Jesús y de liberarlo. Pero el gobernador romano prefiere servir la lógica de sus intereses personales, y se somete a las presiones políticas y sociales. Condenó a un inocente para agradar a la gente, sin secundar la verdad. Entregó a Jesús al suplicio de la cruz, aun sabiendo que era inocente… antes de lavarse las manos.

 En nuestro mundo contemporáneo, muchos son los «Pilato» que tienen en las manos los resortes del poder y los usan al servicio de los más fuertes. Son muchos los que, débiles y viles ante estas corrientes de poder, ponen su autoridad al servicio de la injusticia y pisotean la dignidad del hombre y su derecho a la vida.

 Señor Jesús, no permitas que seamos contados entre los injustos. No permitas que los fuertes se complazcan en el mal, en la injusticia y en el despotismo. No permitas que la injusticia lleve a los inocentes a la desesperación y a la muerte. Confírmales en la esperanza e ilumina la conciencia de aquellos que tienen autoridad en este mundo, de modo que gobiernen con justicia. Amén.

 SEGUNDA ESTACIÓN: Jesús con la cruz a cuestas

 II Stazione: Gesù è caricato della croce – Via Crucis 2013

 

  Lectura del Evangelio según San Marcos 15,20

 Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo.

 Jesucristo se encuentra ante unos soldados que creen tener todo el poder sobre él, mientras que él es aquel por medio del cual «se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho» (Jn 1,3).

 En todas las épocas, el hombre ha creído poder sustituir a Dios y determinar por sí mismo el bien y el mal (cf. Gn 3,5), sin hacer referencia a su Creador y Salvador. Se ha creído omnipotente, capaz de excluir a Dios de su propia vida y de la de sus semejantes, en nombre de la razón, el poder o el dinero.

 También hoy el mundo se somete a realidades que buscan expulsar a Dios de la vida del mundo, como el laicismo ciego que sofoca los valores de la fe y de la moral en nombre de una presunta defensa del hombre; o el fundamentalismo violento que toma como pretexto la defensa de los valores religiosos (cf. Exhort. ap. Ecclesia in Medio Oriente, 29).

 Señor Jesús, tú que has asumido la humillación y te has identificado con los débiles, te confiamos a todos los hombres y a todos los pueblos humillados y que sufren, en especial los del atormentado Oriente. Concédeles que obtengan de ti la fuerza para poder llevar contigo su cruz de esperanza. Nosotros ponemos en tus manos todos aquellos que están extraviados, para que, gracias a ti, encuentren la verdad y el amor. Amén.

TERCERA ESTACIÓN: Jesús cae por primera vez

 III Stazione: Gesù cade per la prima volta – Via Crucis 2013

Lectura del profeta Isaías 53,5

 Pero Él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre Él, sus cicatrices nos curaron.

 Aquél que tiene las luminarias del cielo en la palma de su mano divina, y ante el cual tiemblan las potencias celestes, cae por tierra sin protegerse bajo el pesado yugo de la cruz.

 Aquél que ha traído la paz al mundo, herido por nuestros pecados, cae bajo el peso de nuestras culpas.

 «Mirad, oh fieles, nuestro Salvador que avanza por la vía del Calvario. Oprimido por amargos sufrimientos, las fuerzas le abandonan. Vamos a ver este increíble evento que sobrepasa nuestra comprensión y es difícil de describir. Temblaron los fundamentos de la tierra y un miedo terrible se apoderó de los que estaban allí cuando su Creador y Dios fue aplastado bajo el peso de la cruz y se dejó conducir a la muerte por amor a toda la humanidad» (Liturgia caldea).

 Señor Jesús, levántanos de nuestras caídas, reconduce nuestro espíritu extraviado a tu Verdad. No permitas que la razón humana, que tú has creado para ti, se conforme con las verdades parciales de la ciencia y de la tecnología sin intentar siquiera plantearse las preguntas fundamentales sobre el sentido y la existencia (cf. Carta ap. Porta fidei, 12).

 Concédenos, Señor, abrirnos a la acción de tu Santo Espíritu, de modo que nos conduzca a la plenitud de la verdad. Amén.

 CUARTA ESTACIÓN: Jesús encuentra a su Madre

 IV Stazione: Gesù incontra la Madre – Via Crucis 2013

 

  Lectura del Evangelio según san Lucas 2,34-35.51b 

Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Éste ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción, y a ti misma una espada te traspasará el alma, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones». Su madre conservaba todo esto en su corazón.

 Herido y sufriendo, llevando la cruz de todos los hombres, Jesús encuentra a su madre y, en su rostro, a toda la humanidad.

 María, Madre de Dios, ha sido la primera discípula del Maestro. Al acoger la palabra del ángel, ha encontrado por primera vez al Verbo encarnado y se ha convertido en templo del Dios vivo. Lo ha encontrado sin comprender cómo el Creador del cielo y de la tierra ha querido elegir a una joven, una criatura frágil, para encarnarse en este mundo. Lo ha encontrado en una búsqueda constante de su rostro, en el silencio del corazón y en la meditación de la Palabra. Creía ser ella quien lo buscaba, pero, en realidad, era él quien la buscaba a ella. 

Ahora, mientras lleva la cruz, la encuentra.

 Jesús sufre al ver a su madre afligida, y María viendo sufrir a su Hijo. Pero de este común sufrimiento nace la nueva humanidad. «Paz a ti. Te suplicamos, oh Santa llena de gloria, siempre Virgen, Madre de Dios, Madre de Cristo. Eleva nuestra oración a la presencia de tu amado Hijo para que perdone nuestros pecados» (Theotokion del Orologion copto, Al-Aghbia 37).

 Señor Jesús, también nosotros sentimos en nuestras familias los sufrimientos que los padres causan a sus hijos y éstos a sus padres. Señor, haz que en estos tiempos difíciles nuestras familias sean lugar de tu presencia, de modo que nuestros sufrimientos se transformen en alegría. Sé tú la fuerza de nuestras familias y haz que sean oasis de amor, paz y serenidad, a imagen de la Sagrada Familia de Nazaret. Amén.

 QUINTA ESTACIÓN: El Cirineo ayuda a Jesús a llevar la cruz

 V Stazione: Gesù è aiutato da Simone di Cirene a portare la croce – Via Crucis 2013

 

 Lectura del Evangelio según San Lucas 23, 26

  Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús.

 El encuentro de Jesús con Simón de Cirene es un encuentro silencioso, una lección de vida: Dios no quiere el sufrimiento y no acepta el mal. Lo mismo vale para el ser humano. Pero el sufrimiento, acogido con fe, se trasforma en camino de salvación. Entonces lo aceptamos como Jesús, y ayudamos a llevarlo como Simón de Cirene.

 Señor Jesús, tú has hecho que el hombre tomara parte en llevar tu cruz. Nos has invitado a compartir tu sufrimiento. Simón de Cirene es uno de nosotros, y nos enseña a aceptar la cruz que encontramos en el camino de la vida.

 Señor, siguiendo tu ejemplo, también nosotros llevamos hoy la cruz del sufrimiento y de la enfermedad, pero la aceptamos porque tú estás con nosotros. Ésta nos puede encadenar a una silla, pero no impedirnos soñar; puede apagar la mirada, pero no herir la conciencia; puede dejar sordos los oídos, pero no impedirnos escuchar; atar la lengua, pero no apagar la sed de verdad. Puede adormecer el alma, pero no robar la libertad.

 Señor, queremos ser tus discípulos para llevar tu cruz todos los días; la llevaremos con alegría y con esperanza para que tú la lleves con nosotros, porque tú has alcanzado para nosotros el triunfo sobre la muerte.

 Te damos gracias, Señor, por cada persona enferma y que sufre, que sabe ser testigo de tu amor, y por cada «Simón de Cirene» que pones en nuestro camino. Amén.

 SEXTA ESTACIÓN: La Verónica enjuga el rostro de Jesús

 VI Stazione: Veronica asciuga il volto di Gesù – Via Crucis 2013

 

 Lectura del libro de los Salmos 27,8-9

 Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor. No me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación.

 La Verónica te ha buscado en medio de la gente. Te ha buscado, y al final te ha encontrado. Mientras tu dolor llegaba al extremo, ha querido aliviarlo enjugándote el rostro con un paño. Un pequeño gesto, que expresaba todo su amor por ti y toda su fe en ti, y que ha quedado impreso en la memoria de nuestra tradición cristiana.

 Señor Jesús, buscamos tu rostro. La Verónica nos recuerda que tú estás presente en cada persona que sufre y que se dirige al Gólgota. Señor, haz que te encontremos en los pobres, en tus hermanos pequeños, para enjugar las lágrimas de los que lloran, hacernos cargo de los que sufren y sostener a los débiles.

 Señor, tú nos enseñas que una persona herida y olvidada no pierde ni su valor ni su dignidad, y que permanece como signo de tu presencia oculta en el mundo. Ayúdanos a lavar de su rostro las marcas de la pobreza y la injusticia, de modo que tu imagen se revele y resplandezca en ella.

 Oremos por todos los que buscan tu rostro y lo encuentran en quienes no tienen hogar, en los pobres, en los niños expuestos a la violencia y a la explotación. Amén.

 SÉPTIMA ESTACIÓN: Jesús cae por segunda vez

 VII Stazione: Gesù cade per la seconda volta – Via Crucis 2013

 

 Lectura del libro de los Salmos 22, 8.12 Lee el resto de esta entrada

Primer día del Triduo Pascual: Viernes Santo

Celebración de la Pasión del Señor

Constituye propiamente el primer día del Triduo Pascual. Para una buena celebración de la Pasión del Señor se deben tener en cuenta los siguientes principios:

 1. El viernes Santo es día de penitencia obligatorio para toda la Iglesia y por tanto hay que guardar en este día la abstinencia y el ayuno, y según la oportunidad también el Sábado Santo hasta la Vigilia pascual. El ayuno de estos dos días es además de penitencial, celebrativo, ritual, y contemplativo del misterio de la Cruz. Si bien es personal es sobre todo comunitario: la comunidad ayuna en la espera de su Señor Resucitado. Es toda la persona la que celebra la Pascua, no sólo la mente y el espíritu sino también el cuerpo. No hay que olvidar que el ayuno tiene en la espiritualidad cristiana un gran valor: en una sociedad marcada por el consumismo y lo superfluo, es un medio para vivir la ascesis, el autocontrol, el señorío de sí mismo, y para ver en los bienes de este mundo su carácter perecedero y pasajero.

 2. La Iglesia, siguiendo una antiquísima tradición, en este día no celebra la Eucaristía y la Sagrada Comunión sólo se distribuye a los fieles durante la celebración de la Pasión del Señor. Sin embargo los enfermos que no puedan participar en dicha celebración pueden recibirla a cualquier hora del día.

 3. Esta prohibido celebrar en este día cualquier sacramento, a excepción de la Reconciliación y de la Unción de los Enfermos. Las Exequias, si las hubiese, han de celebrarse sin canto, ni instrumentos. Se recomienda que en este día se celebre en las iglesias el Oficio de Lectura y los Laudes con participación de la comunidad.

 4. No tenemos Eucaristía pero sí una celebración litúrgica de la Muerte del Señor, una celebración de la Palabra que concluye con la adoración de la Cruz y con la comunión eucarística. Es una celebración sencilla, sobria, centrada en la muerte del Señor Jesús. Su estructura está bien pensada, aparece equilibrada, con proporción entre la dimensión de escucha de la Palabra de Dios y la acción simbólica de la adoración de la Cruz y su veneración con el beso personal de todos. Lo importante es saber captar la dinámica de esta celebración y aprovechar espiritualmente toda su fuerza en la misma celebración:

 – Proclamamos el misterio de la Cruz, en las lecturas de la Palabra de Dios.

– Invocamos la salvación del mundo por la fuerza de esa Cruz.

– Adoramos la Cruz del Señor Jesús.

– Y finalmente participamos del misterio de esa Cruz, del Cuerpo entregado, comulgando de él.

 La Pasión de Cristo es pues, proclamada, invocada, venerada y comulgada.

 5. Sobre la hora de los Oficios de la Pasión: «La celebración de la Pasión del Señor ha de tener lugar después del mediodía, cerca de las tres. Por razones pastorales, puede elegirse otra hora más conveniente para que los fieles puedan reunirse más fácilmente…pero nunca después de las nueve de la noche».

 6. Sobre la estructura de la celebración es bueno tener presente:

 a. La Entrada

 – No hay canto de entrada. Sale el sacerdote con sus ministros, con vestidos de color rojo porque celebramos la muerte martirial de Cristo. El Misal dice que el sacerdote, después de hacer la reverencia al altar, se postra en el suelo o se arrodilla. Es preferible la opción de la postración: «esta postración, que es un rito propio de este día, se ha de conservar diligentemente por cuanto significa tanto la humillación del hombre terreno, cuanto la tristeza y el dolor de la Iglesia» . Los demás se arrodillan a la postración del sacerdote y oran todos en silencio por unos instantes. La oración con la que termina el rito de entrada, es mejor decirla desde el mismo lugar donde ha estado postrado el sacerdote y se puede elegir entre dos opciones que presenta el Misal. La primera apunta a que ya estamos celebrando la Pascua; la segunda compara los efectos de la Pasión del Señor Jesús con los del pecado del primer Adán.

 b. Liturgia de la Palabra

 – Las lecturas de este día han de ser leídas por entero. El salmo y el canto que precede al Evangelio, deben cantarse como de costumbre.

 – La lectura de la Pasión según San Juan, el único apóstol que estuvo al pie de la Cruz con Santa María y las santas mujeres, se canta o se proclama del mismo modo que se ha hecho en el domingo de Ramos. Esta lectura impresionante constituye el centro de la celebración de este día.

 – Después de la lectura de la Pasión se tendrá una breve homilía para resumir y aplicar a nuestra vida la gran lección de la Cruz y al final de la misma los fieles pueden ser invitados a permanecer en oración silenciosa durante un breve espacio de tiempo. Es bueno recordar que la proclamación de las lecturas de la Palabra viva de Dios, es ya presencia sacramental del acontecimiento de la Cruz y no un mero recuerdo. Es proclamación y comunicación de la Cruz, del amor del triunfo de Cristo contra el pecado y la muerte.

 c. La Oración Universal

 – La de este día es la más solemne y clásica. Es universal, rogando por las diversas categorías de personas. Con la confianza puesta en el Señor que muere en la Cruz, que es nuestro Mediador y nuestro Sumo y Eterno Sacerdote, pedimos al Padre la salvación para todo el mundo. Estas oraciones «expresan el valor universal de la Pasión de Cristo, clavado en la Cruz para la salvación de todo el mundo» . Actualmente esta Oración del Viernes Santo tiene cuatro intenciones por la Iglesia, otras cuatro por los creyentes o no creyentes, y dos por los gobernantes y los que sufren de alguna manera. Su estructura no admite modificaciones o inclusiones de propia iniciativa, salvo que el Ordinario del lugar por alguna causa justa y de necesidad pública disponga la inclusión de alguna petición.

 d. La Adoración de la Cruz

 – En la adoración de la Cruz, «úsese una Cruz suficiente, grande y bella. De las dos formas que se proponen en el Misal para mostrar la Cruz, elíjase la que se juzgue más apropiada. El rito ha de hacerse con esplendor digno de la gloria del misterio de nuestra salvación; tanto la invitación al mostrar la Cruz, como la respuesta del pueblo, háganse con canto, y no se omita el silencio de reverencia que sigue a cada una de las postraciones, mientras el sacerdote celebrante, permaneciendo de pie, muestra en alto la Cruz».

 – «Cada uno de los presentes del clero y del pueblo se acercará a la Cruz para adorarla, dado que la adoración personal de la Cruz es un elemento muy importante de esta celebración y únicamente en el caso de una extraordinaria presencia de fieles se utilizará el modo de la adoración hecha por todos la vez» .

 – Se debe usar una sola Cruz para la adoración tal como lo requiere la verdad del signo. Es muy recomendable que durante la adoración se canten las antífonas, los improperios y el himno que se encuentran en el Misal Romano, o bien otros cantos adecuados.

 – Hoy es un día en que sería lógico un recuerdo mariano en honor a Santa María, la Mujer fuerte de la fe, que estuvo al pie de la Cruz de su Hijo. Por ello sería loable añadir al final de la adoración de la Cruz, una pequeña conmemoración de la Virgen María, la Madre dolorosa, la cual puede hacerse con la siguiente monición:

 “Hermanos: hemos adorado solemnemente la Cruz, en la cual el Señor Jesús, muriendo nos reconcilió. También María estaba junto a la Cruz del Hijo, uniéndose a su sacrificio, cooperando con amor de Madre a nuestra salvación. En aquel momento la espada profetizada por Simeón le traspasó el corazón y aquélla fue la hora de la cual le había hablado Jesús en Cana. Junto a la Cruz, la Madre fuerte en el inmenso dolor que sufría con el Hijo Único, nos da a luz a la vida de la gracia y de la reconciliación. Nosotros que hemos celebrado la Pasión del Hijo, recordemos también el dolor fecundo de la Madre. Cantemos…”

 e. La Comunión del Viernes Santo Lee el resto de esta entrada

MEDITACIÓN PARA EL VIERNES DE PASIÓN

Este día se ha de contemplar el Misterio de la Cruz y las siete palabras que el Señor habló.

Despierta, pues, ahora, ánima mía, y comienza a pensar en el Misterio de la santa Cruz, por cuyo fruto se reparó el daño de aquel venenoso fruto del árbol vedado. Mira primeramente cómo, llegado ya el Salvador a este lugar, aquellos perversos ene­migos (porque fuese más vergonzosa su muerte) lo desnudan de todas sus vestiduras hasta la túnica interior, que era toda tejida de alto a bajo, sin costura alguna. Mira, pues, aquí, con cuánta man­sedumbre se deja desollar aquel inocentísimo Cor­dero sin abrir su boca, ni hablar palabra contra los que así lo trataban. Antes de muy buena voluntad consentía ser despojado de sus vestiduras, y que­dar a la vergüenza desnudo, porque con ellas se cubriese mejor que con las hojas de higuera la desnudez en que por el pecado caímos.

Dicen algunos Doctores que, para desnudar al Señor esta túnica, le quitaron con grande crueldad la corona de espinas que tenía en la cabeza y, después de ya desnudo, se la volvieron a poner, y ahincarle otra vez las espinas por el cerebro, que sería cosa de grandísimo dolor. Y es de creer, cier­to, que usaran de esta crueldad los que de otras muchas y muy extrañas usaron con El en todo el proceso de su Pasión, mayormente diciendo el Evangelista que hicieron con Él todo lo que qui­sieron. Y como la túnica estaba pegada a las llagas de los azotes, y la sangre estaba ya helada y abra­zada con la misma vestidura, al tiempo que se la desnudaron (como eran tan ajenos de piedad aque­llos malvados), despegáronsela de golpe y con tan­ta fuerza, que le desollaron y renovaron todas las llagas de los azotes, de tal manera, que el santo Cuerpo quedó por todas partes abierto y como descortezado, y hecho todo una grande llaga, que por todas partes manaba sangre.

Considera, pues, aquí, ánima mía, la alteza de la divina bondad y misericordia que en este Misterio tan claramente resplandece; mira cómo Aquel que viste los cielos de nubes y los campos de flores y hermosura, es aquí despojado de todas su vestidu­ras. Considera el frío que padecería aquel santo Cuerpo, estando como estaba despedazado y des­nudo, no sólo de sus vestiduras, sino también de los cueros de la piel, y con tantas puertas de llagas abiertas por todo él. Y si estando San Pedro vesti­do y calzado la noche antes padecía frío, ¿cuánto mayor lo padecería aquel delicadísimo Cuerpo estando tan llagado y desnudo?

Después de esto considera cómo el Señor fue enclavado en la Cruz, y el dolor que padecería al tiempo que aquellos clavos gruesos y esquinados entraban por las más sensibles y más delicadas partes del más delicado de todos los cuerpos. Y mira también lo que la Virgen sentiría cuando vie­se con sus ojos y oyese con sus oídos los crueles y duros golpes que sobre aquellos miembros divina­les tan a menudo caían, porque verdaderamente aquellas martilladas y clavos al Hijo pasaban las manos, mas a la Madre herían el corazón.

Mira cómo luego levantaron la Cruz en alto y la fueron a hincar en un hoyo que para esto tenían hecho, y cómo (según eran crueles los ministros) al tiempo de asentar, la dejaron caer de golpe, y así se estremecería todo aquel santo Cuerpo en el aire y se rasgarían más los agujeros de los clavos, que sería cosa de intolerable dolor.

Pues, oh Salvador y Redentor mío, ¿qué cora­zón habrá tan de piedra que no se parta de dolor (pues en este día se partieron las piedras) conside­rando lo que padeces en esta cruz? Cercádote han, Señor, dolores de muerte, y envestido han sobre Ti todos los vientos y olas de la mar. Atollado has en el profundo de los abismos, y no hallas sobre qué estribar. El Padre te ha desamparado, ¿qué espe­ras, Señor, de los hombres? Los enemigos te dan grita, los amigos te quiebran el corazón, tu ánima está afligida, y no admites consuelo por mi amor. Duros fueron, cierto, mis pecados, y tu penitencia lo declara. Véote, Rey mío, cosido con un madero; no hay quien sostenga tu cuerpo sino tres garfios de hierro; de ellos cuelga tu sagrada carne, sin tener otro refrigerio. Cuando cargas el cuerpo so­bre los pies, desgárranse las heridas de los pies con los clavos que tienen atravesados; cuando las cargas sobre las manos, desgárranse las heridas de las manos con el peso del cuerpo. Pues la santa cabe­za, atormentada y enflaquecida con la corona de espinas, ¿qué almohada la sostendría? ¡Oh cuán bien empleados fueron allí vuestros brazos, sere­nísima Virgen, para este oficio, mas no servirán ahora allí los vuestros, sino los de la Cruz! Sobre ellos se reclinará la sagrada cabeza cuando quisiere descansar, y el refrigerio que de ello recibirá será hincarse más las espinas por el cerebro.

Crecieron los dolores del Hijo con la presencia de la Madre, con los cuales no menos estaba su corazón sacrificado de dentro, que el sagrado Cuerpo lo estaba de fuera. Dos cruces hay para Ti, ¡oh buen Jesús!, en este día: una para el cuerpo y otra para el ánima; la una es de pasión, la otra de compasión; la una traspasa el Cuerpo con clavos de hierro, y la otra tu ánima santísima con clavos de dolor. ¿Quién podría, oh buen Jesús, declarar lo que sentías cuando declarabas las angustias de aquella ánima santísima, la cual tan de cierto sabías estar contigo crucificada en la Cruz? ¿Cuando veías aquel piadoso corazón traspasado y atravesa­do con cuchillo de dolor, cuando tendías los ojos sangrientos y mirabas aquel divino rostro cubierto de amarillez de muerte? ¿Y aquellas angustias de su ánimo sin muerte, ya más que muerto? ¿Y aquellos ríos de lágrimas, que de sus purísimos ojos salían, y oías los gemidos, que se arrancaban de aquel sagrado pecho exprimidos con peso de tan gran dolor?

Después de esto, puedes considerar aquellas sie­te palabras que el Señor habló en la Cruz. De las cuales la primera fue: Padre, perdona a éstos, que no saben lo que hacen. La segunda al Ladrón: Hoy serás conmigo en el Paraíso. La tercera a su Madre Santísima: Mujer, cata ahí a tu hijo. La cuarta: Sed he. La quinta: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me desamparaste? La sexta: Acabado es. La séptima: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

Mira, pues, oh ánima mía, con cuánta caridad en estas palabras encomendó sus enemigos al Padre; con cuánta misericordia recibió al Ladrón que le confesaba; con qué entrañas encomendó a la pia­dosa Madre el amado discípulo; con cuánta sed y ardor mostró que deseaba la salud de los hombres; con cuán dolorosa voz derramó su oración, y pro­nunció su tribulación ante el acatamiento divino; cómo llevó hasta el cabo tan perfectamente la obe­diencia del Padre, y cómo, finalmente, le enco­mendó su espíritu y se resignó todo en sus benditísimas manos. Por donde parece como en cada una de estas palabras está encerrado un documento de virtud. En la primera se nos encomienda la caridad para con los enemigos. En la segunda, la misericordia para con los pecadores. En la tercera, la piedad para con los padres. En la cuarta, el deseo de la salud de los prójimos. En la quinta, la oración de las tribulaciones y desamparos de Dios. En la sexta, la virtud de la obediencia y perseverancia. Y en la séptima, la perfecta resignación en la mano de Dios, que es la suma de toda nuestra perfección.

 

SAN PEDRO DE ALCÁNTARA