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El sacerdote que le plantó cara a la mafia

UN MÁRTIR INSÓLITO: DON PINO PUGLISI

Don Pino (Giuseppe) Puglisi ha hecho historia en la Iglesia por ser el primer sacerdote beatificado -lo será el próximo 25 de mayo- como mártir por haber muerto a manos de la mafia siciliana. Todo homenaje que se le pueda hacer es poco a este valeroso sacerdote, férreo defensor de los niños de Palermo usados por la mafia para distribuir heroína y otras drogas, que se hizo famoso por organizar un hogar para salvar a cientos de niños del barrio Brancaccio de Palermo, donde él mismo nació. Su compromiso obstaculizó los planes de la mafia. Fue asesinado por sicarios el 15 de septiembre de 1993, el mismo día en que cumplía cincuenta y seis años. Hijo de un zapatero, Carmelo, y de una costurera, Josefa Fana, Giuseppe nació el 15 de septiembre de 1937 en el citado barrio palermitano. El Brancaccio palermitano ha sido descrito como un lugar donde no existe el Estado, pero sí la ley, unas normas no escritas que no imponen ni policías, ni jueces, sino unos tipos que dan órdenes con gestos, miradas y palabras que nunca llegan a pronunciarse.

Fundada por los fenicios, conquistada por los romanos, destruida por los vándalos, reconquistada por los bizantinos, invadida por los musulmanes, re-reconquistada por los normandos, re-invadida por los españoles y dominada por los borbones, Palermo también recibió a los hombres de Giuseppe Garibaldi en 1860, quienes desde ahí comenzaron su lucha por la Unidad de Italia. Erigida en las costas del Mediterráneo, Palermo muestra, a veces con fatiga, todas estas etapas de su Historia con su hermosa arquitectura. Es considerada la ciudad más barroca de Europa, a pesar del abandono que durante largos periodos ha tenido, incluido el actual, donde por ejemplo, el servicio de basura llega a ser tan ineficiente que su belleza a veces es opacada por los montones de desperdicios tirados en sus calles. Palermo es una de las poquísimas ciudades europeas donde aún se ven las ruinas que dejaron los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Fue en esa época cuando volvió a ser ocupada por las tropas aliadas del general norteamericano Patton.

Pero hay otra cosa que tristemente caracteriza a Palermo: el surgimiento de la mafia, su desarrollo como fenómeno criminal organizado y que va más allá de la violencia y los homicidios que, durante largos años, han teñido de sangre a esta ciudad. Al contrario de lo que dice la creencia popular, la mafia siciliana surgió, en realidad, durante mediados del siglo XIX, al mismo tiempo que la aparición del nuevo Estado Italiano. Italia no llegó a ser un estado soberano hasta ese momento, y fueron la industrialización y el comercio los que trajeron este cambio y supuso la auténtica fuerza que impulsó el desarrollo de la mafia siciliana. La mafia siempre ha sido más fuerte al oeste de la isla, especialmente alrededor de la ciudad de Palermo, su lugar de nacimiento. Palermo era, y todavía es, el centro industrial, comercial y político de la isla de Sicilia, por lo que la mafia situó su base aquí, en contraposición con el medio rural, que se encontraba subdesarrollado en términos económicos. La mayor fuente de exportaciones, así como de riqueza de la isla desde la cual brotó la mafia, eran las grandes fincas de naranjales y limoneros que se extendían desde los mismos muros de la ciudad de Palermo.

Desde su nacimiento, nacieron también una serie de prácticas que, por desgracia, acompañan la vida de los sicilianos, especialmente a los palermitanos. Prácticas como la extorsión, el derecho de “pellizco”, nombrado “pizzo”, una especie de impuesto ilegal obligatorio para empresarios y comerciantes a cambio de una protección que se convierte en persecución si se deja de pagar. Otra práctica que penetra en todos los sectores: la “omertá”, es decir, el silencio de la sociedad ante una cultura mafiosa que no habla de estas prácticas y delitos, y menos todavía los denuncia públicamente. Por esta misma “omertá” también se cuentan cientos de víctimas que la sociedad aisló y dejó solos cuando denunciaban estas prácticas. Ahí está el caso del empresario Libero Grassi, quien se negó sistemáticamente a pagar el “pizzo” a la mafia y después de varios avisos, fue asesinado cuando salía de su casa el 29 de agosto de 1991. Hoy su recuerdo sigue sirviendo a organizaciones como “Addio Pizzo”, integrada por jóvenes, para que los comerciantes se sigan rebelando a la mafia y dejen de pagar por un derecho que el Estado debe garantizar.

El joven Giuseppe ingresó al seminario diocesano de Palermo a los dieciséis años de edad y allí se manifestó un alumno serio y estudioso, con especial gusto por las matemáticas, que años después enseñaría en el seminario menor de la diócesis. Los compañeros de seminario le recuerdan con una gran capacidad de escucha y de interés por los problemas ajenos. Ordenado sacerdote por el Cardenal Ernesto Ruffini en el Santuario de la Virgen de los Remedios el 20 de julio de 1960, a los veintitrés años. Entre sus primeros encargos pastorales cabe destacar, en 1961, el de vicario parroquial del Santísimo Salvador en el barrio de Settecannoli, limítrofe al de Brancaccio, al que se le añadió en 1962 el de confesor del las monjas Basilianas de Santa Macrina, y en noviembre de 1964 el cuidado de la cercana iglesia de San Giovanni de los leprosos. Pero poco a poco su ministerio se fue decantando hacia la enseñanza: comenzó en el Instituto Professionale Einaudi desde 1962 y en la Escuela Media Archimede en 1966, además de otras escuelas, como la Villafrati en 1970, la Santa Macrina en 1976 y el Instituto Clásico Vittorio Emanuele II desde el 1978 al 1993.

Desde los primeros años de su ministerio, y de modo especial con el dedicarse más a fondo a la enseñanza, se interesó por el mundo de los jóvenes, y en modo particular de aquellos de los barrios marginales de la ciudad, su problemas, su porvenir, sus peligros y cómo prevenirlos, etc. En 1967 fue nombrado capellán del colegio para huérfanos Roosevelt de Addaura y en 1969 fue nombrado vicerrector del seminario menor archidiocesano. Eran los años de las revueltas estudiantiles y los sacerdote no eran mirados con buen ojo, pero don Pino supo conquistar el respeto de todos por su capacidad de mediar entre los estudiantes y los directores del colegio.
Al año siguiente fue nombrado párroco de Godrano, un pequeño pueblo cerca de Palermo marcado por la mafia, donde se dedicó a reconciliar a las familias víctimas de la violencia. Se le recuerda en todos estos lugares como un verdadero pastor de almas, interesado por el bien de la grey; no un agitador ni un líder social, sino un sacerdote que cuidaba de su gente, de modo especial de los más vulnerables en aquellos ambientes, esto es, lo jóvenes.

En los años del Concilio Vaticano II siguió con atención todo lo que en él se discutía, difundiendo en seguida entre sus feligreses los documentos que se publicaban, especialmente lo referente a la renovación de la liturgia, al lugar de los laicos en la Iglesia, el ecumenismo y las iglesias locales. En 1978 fue nombrado por el Cardenal Salvatore Pappalardo pro-rector del seminario menor de Palermo y el 24 noviembre del año siguiente fue nombrado director del centro vocacional diocesano. Habiendo realizado una buena labor en el campo de la vocaciones, en octubre del 1980 fue nombrado vice-delegado regional de pastoral vocaciones, para llegar a ser en 1986 director regional y miembro del consejo nacional. Dedicó por tanto algunos de los mejores años y esfuerzos de su vida a la promoción de las vocaciones, promoviendo los campamentos vocacionales y un recorrido formativo de los candidatos preparado por él y que dio muy buenos resultados.

Desarrolló centros de promoción vocacional y formación católica para niños y jóvenes y desde mayo de 1990 ejerció su ministerio sacerdotal en la “Casa de Hospitalidad de la Madre” en Boccadifalco, para ayudar a mujeres jóvenes y madres solteras en dificultad. Ese mismo año fue nombrado párroco de San Gaetano, en Brancaccio, y en octubre de 1992, y tres meses después, en enero de 1993, inauguró el hogar para niños “Padre Nuestro” de Brancaccio, para rescatar a los menores de la mafia. En poco tiempo, el hogar se convirtió en el punto de referencia para los jóvenes y las familias en la comunidad.

Se enfrentó a la mafia con determinación, incluyendo el rechazo de cualquier donativo de procedencia dudosa y el retiro en las fiestas patronales de los puestos de honor de los que tradicionalmente se habían apropiado los líderes mafiosas. Logró establecer entre los padres de familia la esperanza de que podían aspirar a cultivar una sociedad de bien encarando las inercias siniestras y recuperando los espacios públicos para el bien de todos. Lee el resto de esta entrada

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