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¿SIMÓN, TÚ DUERMES?

“Y dijo a Pedro: ¿Simón, tú duermes? ¿No has podido vigilar conmigo una hora? Vigilad y orad para que no caigáis en la tentación. El espíritu, sí, está pronto, pero la carne es flaca”. ¡Qué fuerza tienen estas palabras tan breves de Cristo! Suave es su sonido; mas penetran como el pinchazo de un aguijón. Al dirigirse a Pedro como Simón y reprocharle bajo ese nombre su somnolencia, quería Cristo decir que el nombre de Pedro, dado anteriormente en razón de su firmeza, no era muy apropiado ahora ante su debilidad y su sueño. No sólo interesa aquí notar la omi­sión del nombre de Pedro (o mejor, Cefas), sino también el hecho de que el mismo nom­bre de Simón no dejara de llevar su aguijón. Porque, en hebreo (lengua que hablaba Cris­to), Simón significa “el que escucha” y tam­bién “el que obedece”, y en esta ocasión, y contra el expreso deseo de Cristo, Pedro se había dormido: ni escuchaba ni obedecía. Estas palabras llenas de delicadeza que dirigió a Pedro llevaban otras implicaciones, y po­drían haber sonado como a continuación escri­bo, caso de que hubiera hecho el reproche con tono más severo:

“Simón, que ya no Cefas, ¿duermes? ¿Cómo puedes merecer que te llame Cefas, es decir, ‘roca’, si muestras ahora tanta fla­queza que ni siquiera puedes aguantar una hora sin caer en los lazos del sueño? Y por lo que se refiere a tu viejo nombre, el de Si­món, ¿puedes ser llamado el que escucha’ cuando te encuentro así dormido? ¿Puedes ser llamado ‘obediente’ cuando, a pesar de que te mandé vigilar, apenas me voy, te echas, empiezas a cabecear y te caes dormido? Hice Yo tanto por ti, ¿y tú te duermes? Yo té hice sujeto de honores, ¿y te me duermes? Hace poco te jactabas de que morirías con­migo, ¿y ahora duermes? Soy arrastrado a la muerte por judíos y gentiles y por uno peor que cualquiera de ellos, Judas; y tú, Simón, ¿te duermes? No hay duda de que Satanás está buscando trituraros como el trigo, ¿y tú te duermes? ¿Qué puedo esperar de otros si, en tan grave e inminente peligro, no sólo para mí, sino también para vosotros, incluso tú, Simón, te has dormido?”

Después, y para que nadie pensara que esto afectaba sólo a Pedro, se volvió y habló a los demás: “Vigilad y orad, para que no caigáis en la tentación. El espíritu está pronto, pero la carne es flaca.”

Se nos manda aquí orar constantemente. No sólo se declara la utilidad de la oración, sino su inmensa necesidad. Sin ella, la debi­lidad de la carne nos echa para atrás como la rémora retarda el barco, hasta que nuestras cabezas (sin que importe cuánto deseen ha­cer el bien) son precipitadas en el mar de la tentación. ¿Qué ánimo está más pronto que lo estaba el de Pedro? Esto enseña cuánta necesidad tenía de la ayuda divina contra la debilidad de la carne. Cuando el sueño le im­pidió rezar y pedir ayuda a Dios abrió una rendija al demonio que, poco después, se serviría de su flaqueza para embotar los bue­nos deseos de su corazón y llevarlo hasta la negación de Cristo con perjurio.

Si esto ocurrió a los Apóstoles, hombres que eran ramas verdes llenas de vida, que entraron en tentación por dejar que el sueño interrumpiera su oración, ¿qué ocurrirá con nosotros que, en comparación con ellos, so­mos ramas secas, al enfrentarnos casi de súbi­to con el peligro? Y me pregunto cuándo no estamos en peligro, porque nuestro ene­migo el diablo anda como león rugiente bus­cando a quien cae por la debilidad de la carne para arrojarse sobre él y devorarlo. En tan grave peligro, me pregunto qué será de nos­otros si no seguimos el consejo de Cristo, perseverando en la vigilancia atenta y en la oración.

Manda Cristo estar despiertos no para ju­gar a las cartas o a dados, ni en borracheras o festines y juergas, ni por el vino o las mujeres, sino para rezar. Advierte que hemos de rezar, no de vez en cuando, sino siempre, sin cesar: Orate sine intermissione. No sólo durante el día (pues no parece sea muy necesario mandar a alguien estar despierto de día), sino que aconseja también dedicar a la oración un rato del tiempo que dedicamos generalmente a dormir. Deberíamos estar avergonzados y reconocer nuestra culpa porque ape­nas decimos una o dos breves oraciones, y además, medio dormidos y bostezando. Ense­ña el Salvador que hemos de rezar no para vivir en la opulencia, ni en una rueda de placeres sin fin, ni para que algo horrible ocurra a nuestros enemigos, ni para que re­cibamos honores en este mundo, sino “para que no entremos en la tentación”. Desea, de hecho, darnos a entender que todos esos bie­nes terrenales, o bien pueden sernos a la larga perjudiciales, o de otro modo, son nada en comparación con el beneficio y fruto de la oración. Por eso, dispuso en su sabiduría esta petición al final de la oración que había pre­viamente enseñado a sus discípulos, y que es como un resumen: “y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal”.

 

TOMÁS MORO