Archivo de la categoría: San José

SAN JOSÉ, Esposo de la Madre de Dios

 

El glorioso y bienaventurado patriarca san José fué, como nos dice el sagrado Evangelio, de la tribu real de Judá, y de la casa y familia de David, y su padre dice san Mateo que fué Jacob, y san Lucas que fué Helí, porque como interpreta san Agustín, el uno fué padre natural de san José y el otro padre legal o adoptivo. También dice el evangelista que cuando se desposó con la Virgen era varón y hom­bre ya maduro y robusto, que ni es mozo ni viejo, para que en­tendamos que era de mediana edad, y con suficientes fuerzas para los trabajos que había de pasar en servicio de la Virgen María y su divino Hijo. Tuvo por nombre José, que quiere decir aumento, porque fué acrecentado por los dones de Dios y col­mado de todas las virtudes y excelen­cias, que a su altísima dignidad conve­nían, por lo cual en el Evangelio se lla­ma varón justo, porque no había en el mundo varón más perfecto y santo que él. Fué pues este santísimo varón, espo­so y verdadero marido de la siempre Virgen María y padre putativo y legal de nuestro Señor Jesucristo, a quien su Majestad escogió para que guardase aquel graciosísimo Templo de Dios, aquel Sa­grario del Espíritu Santo, aquella pre­ciosísima Recámara de la Santísima Tri­nidad, para que acompañase a aquella soberana Señora de los cielos y de la tie­rra a quien sirven los ángeles, para que fuese depositario de aquel Verbo encar­nado, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y ciencia de Dios, y conversase con un Dios humanado, y con un Niño Dios, y le criase y regalase con amor de padre. Quiso el Señor que san José fuese de humilde condición, y carpintero de Nazareth cuyos vecinos eran en gran parte labradores, a los cua­les armaba y componía los instrumentos de labranza, queriendo escoger además la madre pobre y la patria pobre y el pa­dre legal pobre, para que no hubiese cosa de lustre y resplandor que pudiese con­vertir los corazones a la santa fe, sino que se entendiese que su divinidad era la que había convertido y transformado el mundo. Los años que vivió san José no lo dice la sagrada Escritura, ni el tiem­po en que murió. Lo que se tiene por cierto es que era muerto a la pasión del Señor; porque si viviera, no encomendara él desde la cruz a san Juan su benditísima Madre. Créese también que Jesús y María le asistieron en su preciosa muerte, que su cuerpo fué sepultado en el valle de Josafat, y que en la resurrección de Cristo resucitó con otros santos cuerpos de patriarcas y jus­tos, y que desde entonces está san José en cuerpo y alma en los cielos.

 Reflexión: Si quieres morir santamen­te (que es el fin dichoso de la vida a que todos hemos de aspirar), procura te­ner una gran devoción a san José, que murió entre los brazos de Jesús y María, y es el más señalado protector y conso­lador de los moribundos. No te olvides de rezarle un Padre nuestro al acostarte y levantarte de la cama. Invócale tam­bién en tus necesidades y peligros, que santa Teresa de Jesús asegura que cuan­to le pidió, todo lo alcanzó. Encomiéndale tu casa y familia; pues era él cabeza de la Familia sagrada, y ha sido declarado en nuestros días protector de toda la familia cristiana: no falte en tu alcoba o aposento su imagen tan simpá­tica y devota: celebra con particular de­voción su fiesta tan solemne en toda la cristiandad; y en la hora de tu muerte, sean las últimas palabras que pronun­cien tus labios moribundos: ¡¡Jesús, Ma­ría y José!!

 Oración: Suplicámoste, Señor, que por los méritos del bienaventurado esposo de tu santísima Madre, seamos amparados, para que alcancemos por su intercesión lo que no podemos conseguir por nues­tros merecimientos. Por Jesucristo, nues­tro Señor. Amén.

FLOS SANCTORVM

Anuncios

MEDITACIONES SOBRE SAN JOSÉ

San José modelo de obediencia.

La obediencia es más agradable a Dios que el sacrificio.

I Reyes, XV, 22.

La obediencia, virtud por la cual nosotros hacemos a Dios el sacrificio consciente y libre de nuestra voluntad, es la más excelente de todas las virtudes, porque encierra en sí el mérito de todas, y sólo ella puede darles valor. La obediencia —dice San Gregorio— nos obtiene las demás virtudes, y es su fiel guardián. En efecto, nada más santo que los principios sobre los cuales se asienta, por cuanto es el acto de confianza más excelente y el acto de caridad más perfecto. Acto el más heroico, porque para obedecer como cristiano, debo creer que la autoridad de Dios reside en mis superiores, independientemente de su debilidad, de las contradicciones de mi espíritu y de las repugnancias de mi corazón; acto de confianza el más excelente, porque espero que Dios, movido por mi obediencia, inspirará a mis superiores lo que más me convenga, y no permitirá que yo me pierda en el ejercicio, lugar o empleo a que ellos me destinen; acto de caridad el más perfecto, porque es el mayor sacrificio que yo pueda hacer a Dios, cual es el de mi libertad y de mi voluntad: Qui habet mandata mea et servat ea,Ille est qui diligit me.

Si esta virtud es más grata a Dios que el sacrificio más excelente de todos los actos de la religión, lo es —dice San Gregorio —porque en los demás sacrificios la víctima es otra; en este de la obediencia, es lo mejor de nosotros mismos lo que inmolamos a Dios. La obediencia nos une tan íntimamente a Dios — afirma Santo Tomás—, que en cierto modo nos trasforma en El, por cuanto no tenemos más voluntad que la suya.

Por último, la oración misma no podrá ser grata a Dios, sin la obediencia: Qui declinat aures suas ne audiat legem, oratio ejus est exsecrabilis.

Toda la santidad del esposo de María tuvo por base la obediencia, y su vida no fue, por así decirlo, sino una práctica perpetua de esta virtud. Desde su más tierna edad, obedecía con religiosa exactitud todos los mandamientos de la ley de Dios. Obedeció sin murmurar el decreto de un emperador idólatra, que le obligaba a trasladarse a Belén en medio del rigor del invierno, con grave molestia para María. Pero es especialmente en la huida a Egipto cuando San José nos ofrece el ejemplo de la obediencia más heroica y perfecta. Apenas había llegado a Nazaret, cuando el ángel se le aparece en sueños, y le dice: «Levántate, toma al Niño y a su Madre, y huye a Egipto, y no te muevas de allí hasta nuevo aviso, pues Herodes busca al Niño para hacerle morir». José se levanta, y en la misma noche toma al Niño y a su Madre, y va a Egipto, donde permanece hasta la muerte de Herodes. Superior a toda debilidad y a toda delicadeza humanas, José dio al mundo, en esta circunstancia, el ejemplo de una virtud verdaderamente celestial. En efecto, los ángeles obedecen a Dios con prontitud y reverencia, y José procedió como los ángeles: recibe la orden, se levanta y parte de noche. ¡Qué gozo para el mensajero celestial que pudo contemplar semejante prodigio!.. . Para obligar a Lot a salir de Sodoma, los ángeles debieron hacerle violencia, tomarlo de la mano y ponerlo a pesar suyo fuera de la ciudad, que estaba a punto de ser incendiada. Y a José sólo le basta una palabra, para salir de su patria; ni siquiera difiere la salida hasta el día siguiente: no consulta, calla y obedece.

«He aquí —dice San Bernardo— cómo aquel que es obediente, a imitación de San José, llena fielmente la voluntad de su superior apenas la conoce, sin esperar a más tarde; tiene siempre el oído atento a las órdenes, sus pies prontos, sus manos dispuestas a hacer cuanto se le dice; y lo hace con tanta prontitud, que se diría que con sus acciones previene los mandatos que se le han de dar. La obediencia que se obtiene luego de una primera orden, es sutil y delicada pero hay motivo para sospechar que sea una obediencia afectada la que sólo se consigue a fuerza de raciocinios persuasivos.

La obediencia de San José es una obediencia ciega. ¡Cuántos pretextos podía haber opuesto nuestro Santo Patriarca, a las órdenes de Dios!… Y así lo habríamos hecho nosotros, pretendiendo penetrar con la luz de nuestra humana razón los caminos inescrutables de Dios. José no le dice al ángel: «Vuestras palabras están llenas de una extraña contradicción: no hace mucho me decíais que este Niño libraría al pueblo de Israel, y he aquí que, con todo su pretendido poder, es tan débil, que se ve obligado a huir con toda presteza a un país extraño, si quiere salvar su vida. Esto no está de acuerdo con vuestras magníficas promesas. Y por otra parte, ¿no tiene Dios en sus manos el corazón de los reyes, a quienes puede confundir y mudar a su placer? ¿No merecería Herodes, que es culpable de tantos delitos, la muerte que quiere dar a este inocente?…» Así se expresa la razón, que juzga las obras de Dios con miras al amor propio, y cree formular proyectos más hermosos que los de la Divina Providencia. Lee el resto de esta entrada

SAN JOSÉ, PROTECTOR Y CUSTODIO FIEL

La norma general que regula la concesión de gracias singulares a una criatura racional determinada es la de que, cuando la gracia divina elige a alguien para un oficio singular o para ponerle en un estado preferente, le concede todos aquellos carismas que son necesarios para el ministerio que dicha persona ha de desempeñar.

Esta norma se ha verificado de un modo excelente en san José, que hizo las veces de padre de nuestro Señor Jesucristo y que fue verdadero esposo de la Reina del universo y Señora de los ángeles. José fue elegido por el eterno Padre como protector y custodio fiel de sus principales tesoros, esto es, de su Hijo y de su Esposa, y cumplió su oficio con insobornable fidelidad. Por eso le dice el Señor: Eres un empleado fiel y cumplidor; pasa al banquete de tu Señor.

Si relacionamos a José con la Iglesia universal de Cristo, ¿no es este el hombre privilegiado y providencial, por medio del cual la entrada de Cristo en el mundo se desarrolló de una manera ordenada y sin escándalos? Si es verdad que la Iglesia entera es deudora a la Virgen Madre por cuyo medio recibió a Cristo, después de María es san José a quien debe un agradecimiento y una veneración singular.

José viene a ser el broche del antiguo Testamento, broche en el que fructifica la promesa hecha a los patriarcas y los profetas. Sólo él poseyó de una manera corporal lo que para ellos había sido mera promesa.

No cabe duda de que Cristo no sólo no se ha desdicho de la familiaridad y respeto que tuvo con él durante su vida mortal como si fuera su padre, sino que la habrá completado y perfeccionado en el cielo.

Por eso, también con razón, se dice más adelante: Pasa al banquete de tu Señor. Aun cuando el gozo significado por este banquete es el que entra en el corazón del hombre, el Señor prefirió decir: Pasa al banquete, a fin de insinuar místicamente que dicho gozo no es puramente interior, sino que circunda y absorbe por doquier al bienaventurado, como sumergiéndole en el abismo infinito de Dios.

Acuérdate de nosotros, bienaventurado José, e intercede con tu oración ante aquel que pasaba por hijo tuyo; intercede también por nosotros ante la Virgen, tu esposa, madre de aquel que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

SAN JOSÉ, EL VARÓN JUSTO – EL ESPOSO

Juan Pablo II, Exhortación Apostólica «Redemptoris Custos»

1. Llamado a ser el Custodio del Redentor, «José… hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer» (Mt 1,24).

Desde los primeros siglos, los Padres de la Iglesia, inspirándose en el Evangelio, han subrayado que san José, al igual que cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo, también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo.
17. Durante su vida, que fue una peregrinación en la fe, José, al igual que María, permaneció fiel a la llamada de Dios hasta el final. La vida de ella fue el cumplimiento hasta sus últimas consecuencias de aquel primer «fiat» pronunciado en el momento de la anunciación mientras que José en el momento de su «anunciación» no pronunció palabra alguna. Simplemente él «hizo como el ángel del Señor le había mandado». Y este primer «hizo» es el comienzo del «camino de José». A lo largo de este camino, los Evangelios no citan ninguna palabra dicha por él. Pero el silencio de José posee una especial elocuencia: gracias a este silencio se puede leer plenamente la verdad contenida en el juicio que de él da el Evangelio: el «justo» (Mt 1,19).
18. El varón «justo» de Nazaret posee ante todo las características propias del esposo. El Evangelista habla de María como de «una virgen desposada con un hombre llamado José» (Lc 1,27). Antes de que comience a cumplirse «el misterio escondido desde siglos» (Ef 3,9), los Evangelios ponen ante nuestros ojos la imagen del esposo y de la esposa. Según la costumbre del pueblo hebreo, el matrimonio se realizaba en dos etapas: primero se celebraba el matrimonio legal (verdadero matrimonio) y, sólo después de un cierto período, el esposo introducía en su casa a la esposa. Antes de vivir con María, José era, por tanto, su «esposo»; pero María conservaba en su intimidad el deseo de entregarse a Dios de modo exclusivo. Se podría preguntar cómo se concilia este deseo con el «matrimonio». La respuesta viene sólo del desarrollo de los acontecimientos salvíficos, esto es, de la especial intervención de Dios. Desde el momento de la anunciación, María sabe que debe llevar a cabo su deseo virginal de darse a Dios de modo exclusivo y total precisamente por el hecho de llegar a ser la madre del Hijo de Dios. La maternidad por obra del Espíritu Santo es la forma de donación que el mismo Dios espera de la Virgen, «esposa prometida» de José. María pronuncia su «fiat».
El hecho de ser ella la «esposa prometida» de José está contenido en el designio mismo de Dios. Así lo indican los dos Evangelistas citados, pero de modo particular Mateo. Son muy significativas las palabras dichas a José: «No temas en tomar contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo» (Mt 1,20). Estas palabras explican el misterio de la esposa de José: María es virgen en su maternidad. En ella el «Hijo del Altísimo» asume un cuerpo humano y viene a ser «el Hijo del hombre».
19. En las palabras de la «anunciación» nocturna, José escucha no sólo la verdad divina acerca de la inefable vocación de su esposa, sino que también vuelve a escuchar la verdad sobre su propia vocación. Este hombre «justo», que en el espíritu de las más nobles tradiciones del pueblo elegido amaba a la virgen de Nazaret y se había unido a ella con amor esponsal, es llamado nuevamente por Dios a este amor.
«José hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer»; lo que en ella había sido engendrado «es del Espíritu Santo». A la vista de estas expresiones, ¿no habrá que concluir que también su amor como hombre ha sido regenerado por el Espíritu Santo? ¿No habrá que pensar que el amor de Dios, que ha sido derramado en el corazón humano por medio del Espíritu Santo, configura de modo perfecto el amor humano?
21. Este vínculo de caridad constituyó la vida de la Sagrada Familia, primero en la pobreza de Belén, luego en el exilio en Egipto y, sucesivamente, en Nazaret. La Iglesia rodea de profunda veneración a esta Familia, proponiéndola como modelo para todas las familias. La Familia de Nazaret, inserta directamente en el misterio de la encarnación, constituye un misterio especial. Y -al igual que en la encarnación- a este misterio pertenece también una verdadera paternidad: la forma humana de la familia del Hijo de Dios, verdadera familia humana formada por el misterio divino. En esta familia José es el padre: no es la suya una paternidad derivada de la generación; y, sin embargo, no es «aparente» o solamente «sustitutiva», sino que posee plenamente la autenticidad de la paternidad humana y de la misión paterna en la familia. En ello está contenida una consecuencia de la unión hipostática: la humanidad asumida en la unidad de la Persona divina del Verbo-Hijo, Jesucristo. Junto con la asunción de la humanidad, en Cristo está también«asumido» todo lo que es humano, en particular, la familia, como primera dimensión de su existencia en la tierra. En este contexto está también «asumida» la paternidad humana de José.
En base a este principio adquieren su justo significado las palabras de María a Jesús en el templo: «Tu padre y yo… te buscábamos». Esta no es una frase convencional; las palabras de la Madre de Jesús indican toda la realidad de la encarnación, que pertenece al misterio de la Familia de Nazaret. José, que desde el principio aceptó mediante la «obediencia de la fe» su paternidad humana respecto a Jesús, siguiendo la luz del Espíritu Santo, que mediante la fe se da al hombre, descubría ciertamente cada vez más el don inefable de su paternidad.

SAN JOSÉ, ESPOSO DE LA VIRGEN MARÍA

La fiesta del Padre nutricio de Jesús se extendió en la Iglesia a partir del siglo XV, cuando fue propagada por san Bernardino de Siena y Juan Gerson. Los evangelios nos lo inscriben enmarcado en la historia de la salvación. José, de oficio carpintero en el pueblecito de Nazaret, se sintió turbado cuando comprobó que María, su esposa, con la que no había cohabitado, estaba encinta. Pero el Señor le hizo comprender que el estado de su mujer era obra del Espíritu, y él la acogió, secundando los planes de Dios. Con María marchó a Belén, donde nació Jesús, y en todo momento José se cuidó del sustento y protección de la Madre y del Hijo. Con ellos estuvo en la adoración de los pastores y de los reyes, en la circuncisión del Niño y en su presentación en el Templo, en la huida a Egipto, estancia allí y regreso a Nazaret, donde Jesús fue creciendo al amparo de sus padres. Por último vivió con María el dolor y el gozo de hallar a Jesús cuando creían haberlo perdido en Jerusalén. Dios confió a José la custodia discreta pero eficaz de María y de Jesús, y, con razón, Pío IX lo declaró en 1870 Patrono de la Iglesia universal.

 Oración: Dios todopoderoso, que confiaste los primeros misterios de la salvación de los hombres a la fiel custodia de san José, haz que, por su intercesión, la Iglesia los conserve fielmente y los lleve a plenitud en su misión salvadora. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ

Benedicto XVI, Ángelus del 19 de marzo de 2006

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, 19 de marzo, se celebra la solemnidad de san José, pero, al coincidir con el tercer domingo de Cuaresma, su celebración litúrgica se traslada a mañana. Sin embargo, el contexto mariano del Ángelus invita a meditar hoy con veneración en la figura del esposo de la santísima Virgen María y patrono de la Iglesia universal. Me complace recordar que también era muy devoto de san José el amado Juan Pablo II, quien le dedicó la exhortación apostólica Redemptoris custos, custodio del Redentor, y con seguridad experimentó su asistencia en la hora de la muerte.

La figura de este gran santo, aun permaneciendo más bien oculta, reviste una importancia fundamental en la historia de la salvación. Ante todo, al pertenecer a la tribu de Judá, unió a Jesús a la descendencia davídica, de modo que, cumpliendo las promesas sobre el Mesías, el Hijo de la Virgen María puede llamarse verdaderamente «hijo de David». El evangelio de san Mateo, en especial, pone de relieve las profecías mesiánicas que se cumplen mediante la misión de san José: el nacimiento de Jesús en Belén (Mt 2,1-6); su paso por Egipto, donde la Sagrada Familia se había refugiado (Mt 2,13-15); el sobrenombre de «Nazareno» (Mt 2,22-23).

En todo esto se mostró, al igual que su esposa María, como un auténtico heredero de la fe de Abraham: fe en Dios que guía los acontecimientos de la historia según su misterioso designio salvífico. Su grandeza, como la de María, resalta aún más porque cumplió su misión de forma humilde y oculta en la casa de Nazaret. Por lo demás, Dios mismo, en la Persona de su Hijo encarnado, eligió este camino y este estilo -la humildad y el ocultamiento- en su existencia terrena.

El ejemplo de san José es una fuerte invitación para todos nosotros a realizar con fidelidad, sencillez y modestia la tarea que la Providencia nos ha asignado. Pienso, ante todo, en los padres y en las madres de familia, y ruego para que aprecien siempre la belleza de una vida sencilla y laboriosa, cultivando con solicitud la relación conyugal y cumpliendo con entusiasmo la grande y difícil misión educativa.

Que san José obtenga a los sacerdotes, que ejercen la paternidad con respecto a las comunidades eclesiales, amar a la Iglesia con afecto y entrega plena, y sostenga a las personas consagradas en su observancia gozosa y fiel de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. Que proteja a los trabajadores de todo el mundo, para que contribuyan con sus diferentes profesiones al progreso de toda la humanidad, y ayude a todos los cristianos a hacer con confianza y amor la voluntad de Dios, colaborando así al cumplimiento de la obra de salvación.

Con la ayuda de san José, patrono de la Iglesia universal, os invito a continuar vuestro camino de conversión cuaresmal como respuesta al amor misericordioso del Señor.

LITURGIA DE LA SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ, ESPOSO DE MARÍA

LECTURAS DE LA SANTA MISA DE LA SOLEMNIDAD

Antífona de Entrada

 Celebremos con alegría la fiesta de san José, el siervo prudente y fiel, a quien el Señor puso al frente de su familia.

 Se dice Gloria.

 Oración Colecta

 Oremos:

 Dios todopoderoso, que quisiste poner bajo la protección de san José el nacimiento y la infancia de nuestro Redentor, concédele a tu Iglesia proseguir y llevar a término, bajo su patrocinio, la obra de la redención humana.

 Por nuestro Señor Jesucristo…

 Amén.

 

Primera Lectura

Lectura del segundo libro de

 Samuel (7, 4-5. 12-14. 16)

 

En aquellos días, el Señor le habló al profeta Natán y le dijo: “Ve y dile a mi siervo David que el Señor le manda decir esto: ‘Cuando tus días se hayan cumplido y descanses para siempre con tus padres, engrandeceré a tu hijo, sangre de tu sangre, y consolidaré su reino.

 El me construirá una casa y yo consolidaré su trono para siempre. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo. Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí, y tu trono será estable eternamente’ ”.

 Palabra de Dios.

 Te alabamos, Señor.

 

Salmo Responsorial Salmo 88

 Su descendencia

 perdurará eternamente.

 Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor y daré a conocer que su fidelidad es eterna, pues el Señor ha dicho: “Mi amor es para siempre y mi lealtad, más firme que los cielos.

 Su descendencia

 perdurará eternamente.

 Un juramento hice a David, mi servidor, una alianza pacté con mi elegido: ‘Consolidaré tu dinastía para siempre y afianzaré tu trono eternamente’.

 Su descendencia

 perdurará eternamente.

 El me podrá decir: ‘Tú eres mi padre, el Dios que me protege y que me salva’. Yo jamás le retiraré mi amor ni violaré el juramento que le hice”.

 Su descendencia

 perdurará eternamente.

 

Segunda Lectura

 Lectura de la carta del apóstol

 san Pablo a los romanos

 (4, 13. 16-18. 22)

 

Hermanos: La promesa que Dios hizo a Abraham y a sus descendientes, de que ellos heredarían el mundo, no dependía de la observancia de la ley, sino de la justificación  obtenida mediante la fe.

 En esta forma, por medio de la fe, que es gratuita, queda asegurada la promesa para todos sus descendientes, no sólo para aquellos que cumplen la ley, sino también para todos los que tienen la fe de Abraham. Entonces, él es padre de todos nosotros, como dice la Escritura: Te he constituido padre de todos los pueblos.

 Así pues, Abraham es nuestro padre delante de aquel Dios en quien creyó y que da la vida a los muertos y llama a la existencia a las cosas que todavía no existen. El, esperando contra toda esperanza, creyó que habría de ser padre de muchos pueblos, conforme a lo que Dios le había prometido: Así de numerosa será tu descendencia. Por eso, Dios le acreditó esta fe como justicia.

 Palabra de Dios.

 Te alabamos, Señor.

 

 Aclamación antes del Evangelio

Honor y gloria a ti,

 Señor Jesús.

 Dichosos los que viven en tu casa; siempre, Señor, te alabarán.

 Honor y gloria a ti,

 Señor Jesús.

 

 Evangelio

 † Lectura del santo Evangelio

 según san Mateo

 (1, 16. 18-21. 24)

 

Gloria a ti, Señor.

 Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

Cristo vino al mundo de la siguiente manera: Estando María, su madre, desposada con José y antes de que vivieran juntos, sucedió que ella, por obra del Espíritu Santo, estaba esperando un hijo.

 José, su esposo, que era hombre justo, no queriendo ponerla en evidencia, pensó dejarla en secreto.

 Mientras pensaba en estas cosas, un ángel del Señor le dijo en sueños: “José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”.

 Cuando José despertó de aquel sueño, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.

 Palabra del Señor.

 Gloria a ti, Señor Jesús.

Fuente: corazones.org

 

 

LITURGIA DE LA SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ, ESPOSO DE MARÍA

VÍSPERAS II DE LA SOLEMNIDAD

Oración de la tarde

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en un principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

HIMNO

 ¡Oh qué dichoso este día

en que José, dulce suerte,

entre Jesús y María

rinde tributo a la muerte!

 

Tuvo en la tierra su cielo;

por un favor nunca visto,

con la Virgen, su consuelo

fue vivir sirviendo a Cristo.

 

Ya con suprema leticia

los justos lo aclamarán,

lleva la buena noticia

hasta el seno de Abraham.

 

Si fue grande la agonía

que sufrió en la encarnación,

será inmesa alegría

que tendrá en resurrección.

 

Quiera Dios que en nuestros trance

no nos falte su favor,

y piadoso nos alcance

ver benigno Redentor.

 

Que en Jesús, José y María,

gloria de la humanidad,

resplandezca tu armonía,

¡oh indivisa Trinidad! Amén.

 

SALMODIA

 

Ant. 1 Hallaron a Jesús en el templo, sentado en medido de

los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas.

 

– Salmo 14 –

 

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda

y habitar en tu monte santo?

 

El que procede honradamente

y practica la justicia,

el que tiene intenciones leales

y no calumnia con su lengua,

 

el que no hace mal a su prójimo

ni difama al vecino,

el que considera despreciable al impío

y honra a los que temen al Señor,

 

El que no retracta lo que juró

aun en daño propio,

el que no presta dinero a usura

ni acepta soborno contra el inocente.

 

El que así obra nunca fallará.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en un principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1 Hallaron a Jesús en el templo, sentado en medido de

los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas.

 

Ant. 2 Su madre le dijo a Jesús: “Hijo mío, ¿por qué te

has portado así con nosotros? Tu padre y yo te

buscábamos llenos de angustia.” Lee el resto de esta entrada

LITURGIA DE LA SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ, ESPOSO DE MARÍA

LAUDES DE LA SOLEMNIDAD

INVITATORIO

 

V. Señor, abre mis labios.

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

 

Ant. Adoremos a Cristo, el Señor, en esta solemnidad de san José.

[Sal 94] ó [Sal 99] ó [Sal 66] ó [Sal 23]

 

HIMNO

 

Escuchen qué cosa y cosa

tan maravillosa, aquesta:

un padre que no ha engendrado

un Hijo, a quien otro engendra.

 

Un hombre que da alimentos

al mismo que lo alimenta;

cría al que lo crió, y a mismo

sustenta que lo sustenta.

 

Manda a su propio Señor

y su Hijo Dios respeta;

tiene por ama a una esclava,

y por esposa a una reina.

 

Celos tuvo y confianza,

seguridad y sospechas,

riesgos y seguridades

necesidad y riquezas.

 

Tuvo, en fin, todas las cosas

que pueden pensarse buenas;

y es fin, de María esposo

y, de Dios, padre en la tierra. Amén.

 

SALMODIA

 

Ant. 1 Los pastores vinieron presurosos y encontraron

a María y a José, y al niño acostado en un pesebre.

 

– Salmo 62 –

 

 

¡Oh Dios!, tú eres mi Dios, por ti madrugo,

mi alma está sedienta de ti;

mi carne tiene ansias de ti,

como tierra reseca, agostada, sin agua.

 

¡Cómo te contemplaba en el santuario

viendo tu fuerza y tu gloria!

Tu gracia vale más que la vida,

te alabarán mis labios.

 

Toda mi vida te bendeciré

y alzaré las manos invocándote.

Me saciaré de manjares exquisitos,

y mis labios te alabarán jubilosos.

 

En el lecho me acuerdo de ti

y velando medito en ti,

porque fuiste mi auxilio,

y a las sombras de tus alas canto con júbilo;

mi alma está unida a ti,

y tu diestra me sostiene.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en un principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1 Los pastores vinieron presurosos y encontraron

a María y a José, y al niño acostado en un pesebre.

 

Ant. 2 José y María, la madre de Jesús, estaban

maravillados de lo que se decía de él, y Simeón

los bendijo.

 

  Cántico.

Dn. 3,57-88. 56

 

Creaturas todas del Señor, bendecid al Señor,

ensalzadlo con himnos por los siglos.

 

Angeles del Señor, bendecid al Señor;

cielos, bendecid al Señor.

 

Aguas del espacio, bendecid al Señor;

ejércitos del Señor bendecid al Señor.

 

Sol y luna, bendecid al Señor;

astros del cielo, bendecid al Señor. Lee el resto de esta entrada

LITURGIA DE LA SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ, ESPOSO DE MARÍA

sanjosc3a9

 OFICIO DE LECTURA

INVITATORIO

V. Señor, abre mis labios.

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

 

Ant. Adoremos a Cristo, el Señor, en esta solemnidad de

san José.

 

HIMNO

 

Custodio providente y fiel del Hijo,

amor junto al Amor doquier presente,

silencio del que ve la gloria inmensa

de Dios omnipotente.

 

Esposo enamorado de la Virgen,

la mente ante el misterio reclinabas,

rosal inmaculado que florece,

es obra del Señor a quien amabas.

 

Callada voluntad en Dios perdida,

amor hecho mirada de confianza,

fiel en el trabajo y en la prueba,

proveenos de amor y de esperanza.

 

Protege la asamblea de los justos,

reunidos en la fe, cuerpo de Cristo;

sé padre que nos lleve a nuetro Padre,

amor del gran Amor que nos da el Hijo. Amén.

 

SALMODIA

 

Ant. 1 Un ángel del Señor se apareció en sueños a José,

y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María

como esposa; dará a luz un Hijo y le llamarás Jesús.”

 

– Salmo 20, 2-8. 14 –

 

Señor, el rey se alegra por tu fuerza,

¡y cuánto goza con tu victoria!

Le has concedido el deseo de su corazón,

no le has negado lo que pedían sus labios.

 

Te adelantaste a bendecirlo con el éxito,

y has puesto en su cabeza una corona de oro fino.

Te pidió vida, y se la has concedido,

años que se prolongan sin término.

 

Tu victoria ha engrandecido su fama,

lo has vestido de honor y majestad.

Le concedes bendiciones incesantes,

lo colmas de gozo en tu presencia;

porque el rey confía en el Señor

y con la gracia del Altísimo no fracasará.

 

Levántate, Señor, con tu fuerza,

y al son de intrumentos cantaremos tu poder.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1 Un ángel del Señor se apareció en sueños a José,

y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María

como esposa; dará a luz un Hijo y le llamarás Jesús.”

 

Ant. 2 Al despertar José del sueño, hizo como le había

ordenado el ángel del Señor y llevó a María como esposa a su casa.

 

Salmo 91

–I–

 

Es bueno dar gracias al Señor

y tocar para tu nombre, oh Altísimo,

proclamar por la mañana tu misericordia

y de noche tu fidelidad,

con arpas de diez cuerdas y laúdes

sobre arpegios de cítaras.

  Lee el resto de esta entrada