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RESURRECCIÓN GLORIOSA DEL SEÑOR

 

La gloriosísima y alegrísíma Resurección de nuestro Señor Jesucristo se re­fiere en el sagrado Evangelio por estas palabras: — Al día siguiente después de Parasceve, los príncipes de los sacerdotes y fariseos acudieron juntos a Pilato, y le dijeron: «Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor cuando estaba aún en vida andaba diciendo: Después de tres días resucitaré. Manda, pues que se custodie el sepulcro hasta el tercero día; no sea, que vayan allá sus discípulos y lo hurten, y digan luego a la plebe: Ha re­sucitado de entre los muertos, y sea el postrero error peor que el primero.» Respondióles Pilato: «Ahí tenéis a vuestra disposición la guardia: id, y ponedla co­mo os parezca.» Con eso, yendo al lugar del sepulcro, lo aseguraron bien, sellando la piedra, y poniendo guardas de vista. Más Jesús resucitó al amanecer del pri­mer día de la semana. El ángel del Señor descendió de los cielos, y llegándose re­volvió la losa del sepulcro. Su rostro era deslumbrador como un relámpago y su vestidura blanca como la nieve. A su vis­ta los guardas quedaron yertos de es­panto y como muertos. Viniendo después algunos de ellos a la ciudad, contaron a los príncipes de los sacerdotes lo queha­bía acaecido: y congregados estos en asamblea con los ancianos tuvieron su consejo, y dieron una grande suma de dinero a los soldados con esta adverten­cia: «Habéis de decir: Estando nosotros durmiendo, vinieron de noche sus discí­pulos, y lo hurtaron. Y si esto llega a oídos del presidente, nosotros le aplaca­remos, y os sacaremos a paz y a salvo. Tomando ellos el dinero, obra­ron conforme a la instrucción que se les dió, y la noticia de esto ha corrido entre los judíos hasta el día de hoy, (Matth. XXVII, Marc., XVI). — Aquel mismo día, primero de la semana, sien­do ya tarde y estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban reunidos los discípulos por temor de los judíos, vino Je­sús; y apareciéndose en medio de ellos, les dijo: «La paz sea con vosotros»: mas ellos turbados y espantados imaginaban ver al­gún espíritu. Díjoles Jesús: « ¿De qué os asustáis, y por qué habéis de pensar tales cosas? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad y miradme; que un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.» Dichas estas palabras mostróles las manos y los pies y el costa­do, y echóles en cara la dureza de su co­razón por no haber creído a los que ya le habían visto resucitado. Más como aun no acababan de creer lo que veían, estan­do como estaban enajenados de júbilo y asombro, les dijo Jesús: « ¿Tenéis ahí al­go de comer?» Ellos le presentaron una ración de pescado asado y un panal de miel. Y habiendo comido delante de ellos, tomó las sobras y se las dió. Llenáronse, pues de alegría los discípulos con la vista del Señor (Joann, XXI).
 
   Reflexión: La gloriosa Resurrección de Jesucristo, manifestada por espacio de cuarenta días con muchas y singularísi­mas apariciones que pueden leerse en los cuatro Evangelios, es la prueba más evi­dente e irrefragable de su Divinidad. Es también un divino testimonio de nuestra esperanza; pues habiendo resucitado el Señor, también nosotros, como él nos di­jo, resucitaremos.
 
   Oración: ¡Oh Dios! que en el día de hoy nos has abierto la entrada de la Eternidad por tu Unigénito vencedor de la muerte, favorece con la ayuda de tu gracia las súplicas que nos has inspirado previniéndonos con ella. Por el mismo Je­sucristo, nuestro Señor. Amén.
 
 
FLOS SANCTORVM

DESCENSO DE CRISTO A LOS INFIERNOS

Descendió a los infiernos…
 
  Según hemos dicho, la Muerte de Cristo, como la de los demás hombres, consistió en la separación del alma y el cuerpo; pero la Divinidad estaba tan indisolublemente unida a Cristo hombre que, por más que se separaran entre sí cuerpo y alma, si­guió perfectísimamente vinculada al alma y al cuer­po; por consiguiente, el Hijo de Dios permaneció con el cuerpo en el sepulcro, y descendió con el alma a los infiernos.

Cuatro fueron los motivos por los que Cristo bajó al infierno con el alma.

Primero para sufrir todo el castigo del pecado, y así expiar por completo la culpa. El castigo del pecado del hombre no consistía sólo en la muerte del cuerpo, sino que había también un castigo para el alma: como también ésta había pecado, también el alma misma era castigada careciendo de la visión de Dios, pues aún no se había dado satisfacción para liquidar esta carencia. Por eso, antes del ad­venimiento de Cristo, todos, incluso los santos padres, bajaban al infierno luego de su muerte. Cristo, pues, para sufrir todo el castigo asignado a los pe­cadores, quiso no sólo morir, sino además des­cender al infierno en cuanto a su alma. “He sido contado entre los que descienden al lago; he ve­nido a ser como hombre sin socorro, libre entre los muertos” (Ps 87, 5-6). Los otros se encontraban allí como esclavos; Cristo, como libre.

El segundo motivo fue para auxiliar de manera perfecta a todos sus amigos. Efectivamente, tenía amigos no sólo en el mundo, sino también en el infierno. En este mundo hay algunos amigos de Cristo, los que tienen el amor; pero en el infierno se encontraban muchos que habían muerto en el amor y la fe del que había de venir, como Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, David y tantos otros varones justos y perfectos. Puesto que Cristo había visitado a los suyos que estaban en el mundo, y había acudido en su auxilio por medio de su Muer­te, quiso también visitar a los suyos que se hallaban en el infierno, y acudir en su auxilio bajando a ellos. “Penetraré en todas las partes inferiores de la tierra, visitaré a todos los que duermen, e ilu­minaré a todos los que esperan en el Señor” (Eccli 24, 45).

El tercer motivo fue para triunfar por completo sobre el diablo. Uno triunfa por completo sobre otro cuando no solamente lo vence a campo abier­to, sino que incluso le invade su propia casa, y le arrebata la sede de su reino y su palacio. Cristo ya había triunfado sobre el diablo, y en la Cruz lo había derrotado: “Ahora es el juicio del mundo, ahora el príncipe de este mundo (es decir, el dia­blo) será echado fuera” (Jn 12, 31). Por eso, para triunfar por completo, quiso arrebatarle la sede de su reino, y encadenarlo en su palacio, que es el infierno. Por eso bajó allá, y saqueó sus posesiones, y lo encadenó, y le arrancó su botín. “Despojando a los Principados y Potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en Sí mismo” (Col 2, 15).

De forma parecida también; puesto que Cristo había recibido potestad, y tomado posesión sobre el cielo y sobre la tierra, quiso asimismo tomar posesión del infierno, de modo que, según las pa­labras del Apóstol, “al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra y en el infierno” (Philp 2, 10). “En mi nombre expulsarán los de­monios” (Me 16,17).

El cuarto y último motivo fue para librar a los santos que se encontraban en el infierno. Así como Cristo quiso sufrir la muerte para librar de la muerte a los vivos, así también quiso bajar al in­fierno para librar a los que allí estaban. “Tú tam­bién por la sangre de tu alianza hiciste salir a tus cautivos del lago en que no hay agua” (Zach 9, 11). “Seré, muerte, tu muerte; seré, infierno, tu mor­disco” (Os 13, 14).

En efecto, aunque Cristo destruyó por completo la muerte, no destruyó por completo el infierno, sino que le dio un bocado, pues no libró del infier­no a todos. Libró sólo a los que se hallaban sin pecado mortal y sin pecado original: de éste úl­timo habían quedado libres en cuanto a su perso­na por medio de la circuncisión, y antes de la cir­cuncisión, los desprovistos de uso de razón que se habían salvado en virtud de la fe de unos padres creyentes, y los adultos por medio de los sacrificios y en virtud de la fe en el Cristo que había de ve­nir; todos ellos se encontraban en el infierno a causa del pecado original de Adán, del que única­mente Cristo podía librarlos en cuanto a la natura­leza. Dejó, pues, allí a los que habían bajado con pecado mortal, y a los niños no circuncidados. Por eso dice: “Seré, infierno, tu mordisco”. Queda así claro que Cristo descendió a los infier­nos, y por qué.

De todo lo expuesto podemos sacar cuatro ense­ñanzas.

En primer lugar, una firme esperanza en Dios. Por muy abrumado que se encuentre un hombre, siempre debe esperar su ayuda y confiar en Él. No hay situación tan angustiosa como estar en el infier­no. Por consiguiente, si Cristo libró a los suyos que estaban allí, todo hombre, con tal que sea…

 En la Summa Theologiae (III, q. 52), Santo Tomás es más explícito. Cristo, bajando a los infiernos, sacó de allí a los santos padres que sólo estaban excluidos del cielo por el reato de la pena del pecado original; no libró a los condenados que habían muerto en pecado mortal; a los niños muertos en pecado original no los libró del estado de pura felicidad natural en que se en­contraban, concediéndoles la visión; y no hay razón para asegurar que, por la bajada de Cristo a los infiernos, to­dos los que se hallaban en el purgatorio hayan sido li­brados de él.

 …amigo de Dios, debe tener gran confianza de ser librado por Él de cualquier angustia. “Ésta (la Sa­biduría) no desamparó al justo vendido…, y des­cendió con él al hoyo, y en la prisión no lo aban­donó” (Sap 10, 13-14). Y como Dios ayuda espe­cialmente a sus siervos, muy tranquilo debe vivir quien sirve a Dios. “Quien teme al Señor de nada temblará, ni tendrá pavor, porque él mismo es su esperanza” (Eccli 34, 16).

En segundo lugar, debemos caminar en temor y no ser temerarios; pues aunque Cristo padeció por los pecadores, y descendió al infierno, sin embargo no libró a todos, sino sólo a aquellos que no tenían pecado mortal, según hemos dicho. A los que ha­bían muerto en pecado mortal, los dejó allí. Por tanto, nadie que muera en pecado mortal espere perdón. Al contrario, estará en el infierno tanto tiempo como los santos padres en el paraíso, es de­cir, para siempre. “Irán éstos al suplicio eterno; los justos, en cambio, a la vida eterna” (Mt 25, 46).

En tercer lugar, debemos tener diligencia. Cristo descendió a los infiernos por nuestra salvación, y nosotros también hemos de ser diligentes en bajar allá con frecuencia —mediante la consideración de aquellos tormentos, se entiende—, conforme hacía el santo varón Ezequías, que canta: “Yo dije: en medio de mis días bajaré hasta las puertas del in­fierno” (Is 38, 10). Pues quien desciende allá fre­cuentemente en vida con el pensamiento, no es fácil que descienda al morir, porque tal pensamiento aparta del pecado. En efecto, vemos que los hom­bres de este mundo se guardan de cometer delitos por miedo al castigo temporal; por consiguiente, ¡cuánto más han de guardarse por miedo al castigo del infierno, que es mayor en duración, intensidad y número de tormentos! “Acuérdate de tus postri­merías, y no pecarás jamás” (Eccli 7, 40)2.

En cuarto lugar, recibimos una lección de amor. Si Cristo descendió a los infiernos para librar a los suyos, también nosotros debemos bajar allá para ayudar a los nuestros. Ellos por sí solos nada pueden; por tanto, debemos ayudar a los que se hallan en el purgatorio. Demasiado insensible sería quien no auxiliara a un ser querido encarcelado en la tierra; más insensible es el que no auxilia a un amigo que está en el purgatorio, pues no hay comparación entre las penas de este mundo y las de allí. “Compadeceos de mí, compadeceos de mí siquiera vosotros mis amigos, porque la mano del Señor me ha tocado” (Iob 19, 21). “Es santo y pia­doso el pensamiento de rogar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados (2 Mach 12, 46).

De tres maneras principalmente, según dice Agus­tín, se les puede auxiliar: con misas, con oraciones y con limosnas. Gregorio añade una cuarta, el ayu­no. No es extraño: también en este mundo una persona puede dar satisfacción por otra. Todo ello…

 El Concilio de Trento (1551) definió que es verdadero y provechoso dolor la detestación de los pecados por te­mor a la pérdida de la eterna bienaventuranza y el mereci­miento de la eterna Condenación. Es el dolor imperfecto o de atrición.

 …hay que entenderlo únicamente de los que están en el purgatorio3.

Dos cosas necesita conocer el hombre: la gloria de Dios y los castigos del infierno. Estimulados por la gloria y atemorizados por el castigo se guardan y retraen los hombres del pecado. Pero ambas co­sas son bastante difíciles de conocer. De la gloria leemos: “¿Quién investigará lo que hay en el cielo?” (Sap 9, 16). Difícil es para los terrenales, porque “el que es de la tierra, de la tierra habla” (Jn 3, 31); sin embargo, no es difícil para los espi­rituales, porque “el que viene del cielo, está por en­cima de todos”, según se dice a renglón seguido. Por eso bajó Dios del cielo, y se encarnó, para en­señarnos las cosas celestiales.

Era también difícil conocer los castigos del in­fierno. En boca de los impíos se ponen estas pala­bras: “De nadie se sabe que haya vuelto del infier­no” (Sap 2, 1) Pero tal cosa no puede decirse ya; así como descendió del cielo para enseñarnos las cosas celestiales, igualmente resucitó de los infiernos para instruirnos sobre éstos.

La existencia del purgatorio y la posibilidad de ayu­dar a las almas que allí se encuentran por medio de su­fragios, fueron definidas por el Concilio II de Lyon (1274), el Florentino (1439) y el Tridentino (1547). Lee el resto de esta entrada

Las siete palabras de Jesús

De pie junto a la cruz, María, conmovida de angustia y de dolores, oía de su Divino Hijo las últimas palabras.

Mons. João Clá, EP

Afirma Santo Tomás que “lo último en la acción es lo primero en la intención”. Por los actos finales y disposiciones de alma de quien transpone los umbrales de la eternidad, llegamos a comprender bien cuál fue el rumbo que sirvió de norte a su existencia. En el caso de Jesús, no sólo en la muerte de cruz, sino también, de forma especial, en sus últimas palabras, vemos el sentido más profundo de su Encarnación. En ellas encontramos una rutilante síntesis de su vida: constante y elevada oración al Padre, apostolado a través de la predicación, conducta ejemplar, milagros y perdón.

La cruz fue el divino pedestal elegido por Jesús para proclamar sus últimas súplicas y decretos. En lo alto del Calvario se esclarecieron todos sus gestos, actitudes y predicaciones. María también comprendió allí, con profundidad, su misión de madre.

Jesús es la Caridad. La afección de esa virtud, la encontramos en las “Siete Palabras”. Las tres primeras tienen en vista a los otros (enemigos, amigos y familiares); las demás a Él mismo.

1ª Palabra: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34)

Padre – Es el más suave título de Dios, En esa hora extrema, Jesús bien podría invocarlo amándolo Dios. Se percibe, entretanto, claramente la intención del Redentor: quiso apartar, de los autores de aquel crimen, la divina severidad del Juez Supremo, interponiendo la misericordia de su paternidad. Se llega a entrever la fuerza de su argumento: el Hijo, víctima del crimen, perdona, ¿por qué no lo hacéis también Vos?

01_2.JPGEs la primera “palabra” que sus divinos labios pronuncian en la cruz, y en ella ya encontramos el perdón. Perdón por los que le inflingieron directamente su martirio. Perdón que abarca también a todos los demás culpables: los pecadores. En ese momento, por tanto, Jesús pidió al Padre también por mí.

Aunque no hubiese fundamento para excusar el desvarío e ingratitud del pueblo, la saña de los alguaciles, la envidia y el odio de los príncipes y de los sacerdotes, etc., tan infinita fue la Caridad de Jesús que Él argumenta con el Padre: “porque no saben lo que hacen.”

La ausencia absoluta de resentimiento hace descender de lo alto de cruz la luminosidad armoniosa y hasta afectuosa del amor al prójimo como a si mismo. Oyendo esa súplica, llegamos a entender cuanto dominio de sí había en Jesús, en la ocasión en que expulsó a los mercaderes del Templo: era, de hecho, el puro celo por la casa de su Padre.

2ª Palabra: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43)

La escena no podía ser más pungente. Jesús se encuentra entre dos ladrones. Uno de ellos hace justicia a la afirmación de la Escritura: “Un abismo atrae otro abismo” (Sl 41, 8). Blasfema contra Jesús, diciendo: “¿Acaso no eres tú el Cristo? Sálvate a ti mismo y a nosotros” (Lc 23, 39).

En cuanto ese ladrón ofende, el otro alaba a Jesús y amonesta a su compañero, diciendo: “¿Ni siquiera tú, que estás en el mismo suplicio, temes a Dios? Nosotros, en verdad, estamos justamente, porque recibimos lo merecido por nuestras obras; pero este nada malo ha hecho” (Lc 23, 40-41).

Son palabras inspiradas, en las cuales trasparecen la santa corrección fraterna, el reconocimiento de la inocencia de Cristo, la confesión arrepentida de los crímenes cometidos. Son virtudes que le preparan el alma para una osada súplica: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino” (Lc 23, 42).

Al referirse a Jesús como “Señor”, el buen ladrón lo reconoce en este momento como Redentor. El “acuérdate de mí” es afirmativo, no tiene ningún sentido condicional, pues su confianza es plena e inconmovible. Comprende la superioridad de la vida eterna sobre la terrena, por eso no pide aquello que, para el mal ladrón, constituye un delirio: el alejamiento de la muerte, la recuperación de la salud y de la integridad.

El buen ladrón confiesa públicamente a Nuestro Señor Jesucristo, al contrario incluso que San Pedro, que habría negado tres veces al Señor. Tal gesto le hizo merecer de Jesús este premio: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43).

Jesús torna solemne la primera canonización de la historia: “En verdad…”

La promesa es categórica incluso en cuanto a la fecha: hoy. San Cipriano y San Agustín llegan a afirmar que el buen ladrón recibió la palma del martirio, por el hecho de, por libre y espontánea voluntad, haber confesado públicamente a Nuestro Señor Jesucristo.

3ª Palabra: “Estaban de pie junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena. Viendo Jesús a su madre y junto a Ella al discípulo a quien amaba, dijo a su madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’!. Luego dijo al discípulo: ‘Ahí tienes a tu madre’. Y desde aquella hora el discípulo la tomó consigo.” (Jn 19, 25-27)

Con esas palabras, Jesús finaliza su comunicación oficial con los hombres antes de la muerte (las otras cuatro serán de su intimidad con Dios). Quienes las oyen son María Magdalena, representando la vía de la penitencia; María, mujer de Cleofás, la de los que van progresando en la vida espiritual; María Santísima y San Juan, la de la perfección.02_2.JPG

Consideremos un breve comentario de San Ambrosio sobre este trecho: “San Juan escribió lo que los otros callaron: [poco después de] conceder el reino de los cielos al buen ladrón, Jesús, clavado en la cruz, considerado vencedor de la muerte, llamó a su Madre y tributó a Ella la reverencia de su amor filial. Y si perdonar al ladrón es un acto de piedad, mucho más es homenajear a la Madre con tanto cariño… Cristo, de lo alto de la cruz, hacía su testamento, distribuyendo entre su Madre y su discípulo los deberes de su cariño” (in Sto. Tomás de Aquino, Catena Aurea).

Es arrebatador constatar como Jesús, en una actitud de grandioso afecto y nobleza, encerró oficialmente su relación con la humanidad, en la cual se había encarnado para redimirla. Del auge del dolor expresó el cariño de un Dios por su Madre Santísima, y concedió el premio para el discípulo que abandonara a sus propios padres para seguirlo: el céntuplo en esta tierra (Mt 19, 29).

Es perfecta y ejemplar la presteza con que San Juan asume la herencia dejada por el Divino Maestro: “Y desde aquella hora el discípulo la tomó consigo.” (Jn 19, 27). San Juan desciende del Calvario protegiendo, pero sobretodo protegido por la Reina del cielo y de la tierra. Es el premio de quien procura adorar a Jesús en el extremo de su martirio.

4ª Palabra: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 45)

Jesús clama en alta voz. Su proclama hiende no solamente los aires de aquel instante, sino los cielos de la historia. Nuestros oídos son duros, era indispensable hablar con fuerza. Jesús no profiere una queja, ni hace una acusación. Desea, por amor a nosotros, hacernos entender la terrible atrocidad de sus tormentos. Así más fácilmente adquiriremos clara noción de cuanto pesan nuestros pecados y de cuanto debemos ser agradecidos por la Redención.

¿Como entender ese abandono? No se rompió – y es imposible – la unión natural y eterna entre las personas del Padre y del Hijo. Ni siquiera, se separaron las naturalezas humana y divina. Jamás se interrumpió la unión entre la gracia y la voluntad de Jesús. Tampoco perdió su alma la visión beatífica.

Perdió Jesús, esto sí, y temporalmente, la unión de protección al cual Él hace mención en el Evangelio: “Y el que me ha enviado está conmigo; no me deja solo (Jn 8, 29). El Padre bien podría protegerlo en esa hora (cfr. Mc 14, 36; Mt 26, 53; Lc 22, 43). El propio Hijo podría proteger su Cuerpo (Jn 10, 18; 18, 6), o conferirle el don de la incorruptibilidad y de impasibilidad, una vez que su alma estaba en la visión beatífica.

Pero así determinó la Santísima Trinidad: la debilidad de la naturaleza humana en Jesús debería prevalecer por un cierto período, a fin de que se cumpliese lo que estaba escrito. Por eso Jesús no se dirige al Padre como en general procedía, pero usa de la invocación “mi Dios”.

El orden del universo creado está cohesionado con el orden moral. Ambos proceden de una misma y única causa. Si la primera no se levanta para vengarse de aquellos que dilaceran los principios morales por medio de sus pecados, es porque Dios retiene su ímpetu natural. Si no fuese así, los cielos, los mares y los vientos se erguirían contra toda y cualquier ofensa hecha a Dios. Pero, ¿cómo frenar la naturaleza delante del deicidio? Por eso, en la hora de aquel crimen supremo, “toda la región quedó sumida en tinieblas”… (Mt 27, 45).

5ª Palabra: “Tengo sed.” (Jn 19, 28) Lee el resto de esta entrada

VIERNES SANTO

“Jesús Nazareno, Rey de los judíos”. Jn. 19, 19

 Para hablar de la Pasión, mediante la cual fuimos rescatados todos, tomaré como tema las palabras del título que Pilatos hizo escribir sobre la Cruz: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”.

 Jesús quiere decir Salvador, así que ha muerto porque es salvador y para salvar hacía falta morir.

 Rey de los judíos, o sea que es Salvador y Rey al mismo tiempo. Judío significa “confesar”; por tanto es Rey pero de solo aquellos que le confiesen, y ha muerto para rescatar a los confesores; si, realmente ha muerto y con muerte de cruz.

 Ahí tenemos pues, las causas de la muerte de Jesucristo: la primera, que era Salvador, santo y Rey; la segunda, que deseaba rescatar a aquellos que le confiesen.

 Pero, ¿no podía Dios dar al mundo otro remedio sino la muerte de su Hijo? Ciertamente podía hacerlo; ¿es que su omnipotencia no podía perdonar a la naturaleza humana con un poder absoluto y por pura misericordia, sin hacer intervenir a la justicia y sin que interviniese criatura alguna?

 Sin duda que podía. Y nadie se atrevería a hablar ni censurarle. Nadie, porque es el Maestro y Dueño soberano y puede hacer todo lo que le place.

 Ciertamente pudo rescatarnos por otros medios, pero no quiso, porque lo que era suficiente para nuestra salvación no era suficiente para satisfacer su Amor.

 Y que consecuencia podríamos sacar sino que, ya que ha muerto por nuestro Amor, deberíamos morir también por ÉI, y si no podemos morir de amor, al menos que no vivamos sino sólo para ÉI.

San Francisco de Sales.

MEDITACIÓN PARA EL VIERNES DE PASIÓN

Este día se ha de contemplar el Misterio de la Cruz y las siete palabras que el Señor habló.

Despierta, pues, ahora, ánima mía, y comienza a pensar en el Misterio de la santa Cruz, por cuyo fruto se reparó el daño de aquel venenoso fruto del árbol vedado. Mira primeramente cómo, llegado ya el Salvador a este lugar, aquellos perversos ene­migos (porque fuese más vergonzosa su muerte) lo desnudan de todas sus vestiduras hasta la túnica interior, que era toda tejida de alto a bajo, sin costura alguna. Mira, pues, aquí, con cuánta man­sedumbre se deja desollar aquel inocentísimo Cor­dero sin abrir su boca, ni hablar palabra contra los que así lo trataban. Antes de muy buena voluntad consentía ser despojado de sus vestiduras, y que­dar a la vergüenza desnudo, porque con ellas se cubriese mejor que con las hojas de higuera la desnudez en que por el pecado caímos.

Dicen algunos Doctores que, para desnudar al Señor esta túnica, le quitaron con grande crueldad la corona de espinas que tenía en la cabeza y, después de ya desnudo, se la volvieron a poner, y ahincarle otra vez las espinas por el cerebro, que sería cosa de grandísimo dolor. Y es de creer, cier­to, que usaran de esta crueldad los que de otras muchas y muy extrañas usaron con El en todo el proceso de su Pasión, mayormente diciendo el Evangelista que hicieron con Él todo lo que qui­sieron. Y como la túnica estaba pegada a las llagas de los azotes, y la sangre estaba ya helada y abra­zada con la misma vestidura, al tiempo que se la desnudaron (como eran tan ajenos de piedad aque­llos malvados), despegáronsela de golpe y con tan­ta fuerza, que le desollaron y renovaron todas las llagas de los azotes, de tal manera, que el santo Cuerpo quedó por todas partes abierto y como descortezado, y hecho todo una grande llaga, que por todas partes manaba sangre.

Considera, pues, aquí, ánima mía, la alteza de la divina bondad y misericordia que en este Misterio tan claramente resplandece; mira cómo Aquel que viste los cielos de nubes y los campos de flores y hermosura, es aquí despojado de todas su vestidu­ras. Considera el frío que padecería aquel santo Cuerpo, estando como estaba despedazado y des­nudo, no sólo de sus vestiduras, sino también de los cueros de la piel, y con tantas puertas de llagas abiertas por todo él. Y si estando San Pedro vesti­do y calzado la noche antes padecía frío, ¿cuánto mayor lo padecería aquel delicadísimo Cuerpo estando tan llagado y desnudo?

Después de esto considera cómo el Señor fue enclavado en la Cruz, y el dolor que padecería al tiempo que aquellos clavos gruesos y esquinados entraban por las más sensibles y más delicadas partes del más delicado de todos los cuerpos. Y mira también lo que la Virgen sentiría cuando vie­se con sus ojos y oyese con sus oídos los crueles y duros golpes que sobre aquellos miembros divina­les tan a menudo caían, porque verdaderamente aquellas martilladas y clavos al Hijo pasaban las manos, mas a la Madre herían el corazón.

Mira cómo luego levantaron la Cruz en alto y la fueron a hincar en un hoyo que para esto tenían hecho, y cómo (según eran crueles los ministros) al tiempo de asentar, la dejaron caer de golpe, y así se estremecería todo aquel santo Cuerpo en el aire y se rasgarían más los agujeros de los clavos, que sería cosa de intolerable dolor.

Pues, oh Salvador y Redentor mío, ¿qué cora­zón habrá tan de piedra que no se parta de dolor (pues en este día se partieron las piedras) conside­rando lo que padeces en esta cruz? Cercádote han, Señor, dolores de muerte, y envestido han sobre Ti todos los vientos y olas de la mar. Atollado has en el profundo de los abismos, y no hallas sobre qué estribar. El Padre te ha desamparado, ¿qué espe­ras, Señor, de los hombres? Los enemigos te dan grita, los amigos te quiebran el corazón, tu ánima está afligida, y no admites consuelo por mi amor. Duros fueron, cierto, mis pecados, y tu penitencia lo declara. Véote, Rey mío, cosido con un madero; no hay quien sostenga tu cuerpo sino tres garfios de hierro; de ellos cuelga tu sagrada carne, sin tener otro refrigerio. Cuando cargas el cuerpo so­bre los pies, desgárranse las heridas de los pies con los clavos que tienen atravesados; cuando las cargas sobre las manos, desgárranse las heridas de las manos con el peso del cuerpo. Pues la santa cabe­za, atormentada y enflaquecida con la corona de espinas, ¿qué almohada la sostendría? ¡Oh cuán bien empleados fueron allí vuestros brazos, sere­nísima Virgen, para este oficio, mas no servirán ahora allí los vuestros, sino los de la Cruz! Sobre ellos se reclinará la sagrada cabeza cuando quisiere descansar, y el refrigerio que de ello recibirá será hincarse más las espinas por el cerebro.

Crecieron los dolores del Hijo con la presencia de la Madre, con los cuales no menos estaba su corazón sacrificado de dentro, que el sagrado Cuerpo lo estaba de fuera. Dos cruces hay para Ti, ¡oh buen Jesús!, en este día: una para el cuerpo y otra para el ánima; la una es de pasión, la otra de compasión; la una traspasa el Cuerpo con clavos de hierro, y la otra tu ánima santísima con clavos de dolor. ¿Quién podría, oh buen Jesús, declarar lo que sentías cuando declarabas las angustias de aquella ánima santísima, la cual tan de cierto sabías estar contigo crucificada en la Cruz? ¿Cuando veías aquel piadoso corazón traspasado y atravesa­do con cuchillo de dolor, cuando tendías los ojos sangrientos y mirabas aquel divino rostro cubierto de amarillez de muerte? ¿Y aquellas angustias de su ánimo sin muerte, ya más que muerto? ¿Y aquellos ríos de lágrimas, que de sus purísimos ojos salían, y oías los gemidos, que se arrancaban de aquel sagrado pecho exprimidos con peso de tan gran dolor?

Después de esto, puedes considerar aquellas sie­te palabras que el Señor habló en la Cruz. De las cuales la primera fue: Padre, perdona a éstos, que no saben lo que hacen. La segunda al Ladrón: Hoy serás conmigo en el Paraíso. La tercera a su Madre Santísima: Mujer, cata ahí a tu hijo. La cuarta: Sed he. La quinta: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me desamparaste? La sexta: Acabado es. La séptima: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

Mira, pues, oh ánima mía, con cuánta caridad en estas palabras encomendó sus enemigos al Padre; con cuánta misericordia recibió al Ladrón que le confesaba; con qué entrañas encomendó a la pia­dosa Madre el amado discípulo; con cuánta sed y ardor mostró que deseaba la salud de los hombres; con cuán dolorosa voz derramó su oración, y pro­nunció su tribulación ante el acatamiento divino; cómo llevó hasta el cabo tan perfectamente la obe­diencia del Padre, y cómo, finalmente, le enco­mendó su espíritu y se resignó todo en sus benditísimas manos. Por donde parece como en cada una de estas palabras está encerrado un documento de virtud. En la primera se nos encomienda la caridad para con los enemigos. En la segunda, la misericordia para con los pecadores. En la tercera, la piedad para con los padres. En la cuarta, el deseo de la salud de los prójimos. En la quinta, la oración de las tribulaciones y desamparos de Dios. En la sexta, la virtud de la obediencia y perseverancia. Y en la séptima, la perfecta resignación en la mano de Dios, que es la suma de toda nuestra perfección.

 

SAN PEDRO DE ALCÁNTARA

RELOJ DE LA PASIÓN

El Reloj de la Pasión es una oportunidad para estar con Nuestro Señor en los momentos más importantes de su vida. Repasa hora a hora la vida de Jesús durante el jueves y viernes santos.

 Es una devoción popular que lleva hacia un hondo seguimiento en la pasión y muerte de Jesús, ayuda a comprender la semana Santa, alimenta la vida de oración, la meditación y a contemplar a Jesús que continúa sufriendo en las personas de tantos crucificados.

 RELOJ DE LA PASIÓN

 Jueves

 Seis de la tarde: Jesús se ciñe con un lienzo, y echando agua en una bacía, lava los pies a sus discípulos, los enjuga y besa. ¡Qué humildad!

 A las siete, instituye el Santísimo Sa­cramento, dando a los Sacerdotes el pas­moso poder de convertir el pan y vino en su Cuerpo y Sangre preciosísima. ¡Qué amor!

 A las ocho, va al huerto de Getsemaní, y a pesar de la tristeza y sudor de sangre, ¡cuán fervorosa y constante es su oración!

 A las nueve, es entregado por Judas, preso, cargado de cadenas y abandonado de sus discípulos: ¿y no le has entregado tú también alguna vez?

 A las diez, llévanle a casa de Anás: ¡cuán diferente entrada hace hoy en Jerusalén, de la que hizo el día de Ramos! ¡Qué terrible bofetada le dan!

 Viernes

 A las cuatro de la mañana. Ha sufrido esta noche infinitos escarnios en casa de Caifás: Pedro le ha negado tres veces; y ahora gritan todos que es blasfemo y dig­no de muerte. ¡Qué ingratitud!

 A las cinco, le conducen al presidente Pilatos: ¡qué insultos por las calles! ¡Con qué furor le acusan!

 A las seis, es presentado a Herodes; le visten una ropa blanca y escarnecen co­mo a loco; ¡y es la sabiduría infinita!

 A las siete, Pilatos lo pone en parangón con Barrabás y ¡ay, es pospuesto a tan vil asesino!

Alas ocho, mírale atado a la columna, y despedazado con innumerables azotes.

 A las nueve, híncanle en la cabeza una corona de punzantes espinas. ¡Qué tor­mento!

 A las diez, dice Pilatos: Ecce Homo, mostrándole al pueblo; y éste pide, feroz, que sea crucificado; cede el cobarde juez, y le condena a muerte.

 A las once, sale ya con la cruz a cues­ta. ¡Qué caídas tan dolorosas! ¡Qué amar­gura cuando encuentra a su Madre! ¡Qué palabras dirige tan tiernas a las mujeres que le siguen!

 A las doce, le desnudan y enclavan en la cruz. ¡Qué ignominia! ¡Qué tormento!

 A la una, ruega por sus verdugos; abre el paraíso al ladrón, y nos da por madre a su propia Madre; ¡qué bondad!

 A las dos, quéjase amorosamente con su Padre: tiene sed ¡y le dan a beber hiel y vinagre!. . . Ya todo se acabó.

 A las tres, entrega su espíritu al Padre Eterno, y muere por mi amor. Di cinco Padre nuestros, con los brazos en cruz, si puedes y hallas devoción en ello.

 A las cuatro, bájanle de la cruz, ¡qué escena aquella tan tierna! ¡Qué lágrimas! ¡Qué coloquios!

 A las cinco, mira a Jesús en los brazos de su Madre, y, viendo cómo sepultan a su Hijo, toma parte en su inmenso dolor. Lee el resto de esta entrada

MEDITACIÓN PARA EL JUEVES DE PASIÓN

Este día se ha de pensar en la Coronación de espinas y Ecce-Homo, y cómo el Salvador llevó la Cruz a cuestas. A la consideración de estos pasos tan dolorosos nos convida la Esposa en el libro de los Cantares, por estas palabras: Salid, hijas de Sión y mirad al rey Salomón con la corona que le coronó su madre en el día de su desposorio, y en el día de la alegría de su corazón. Oh ánima mía, ¡qué haces! Oh corazón mío, ¡qué piensas! Lengua mía, ¡cómo has enmudecido! Oh muy dulcísimo Salvador mío, cuando yo abro los ojos y miro este retablo tan doloroso que aquí se me pone delante, el corazón se me parte de dolor. ¿Pues, cómo, Señor, no bastaban ya los azotes pasados, y la muerte venidera, y tanta sangre derramada, sino que por fuerza habían de sacar las espinas la sangre de la cabeza a quien los azotes perdonaron? Pues para que sientas algo, ánima mía, de este paso tan doloroso, pon primero ante tus ojos la imagen antigua de este Señor, y la gran excelencia de sus virtudes, y luego vuelve a mirar de la manera que aquí está. Mira la grandeza de su hermosura, la mesura de sus ojos, la dulzura de sus palabras, su autoridad, su mansedumbre, su serenidad, y aquel aspecto suyo de tanta veneración.

 Y después que así le hubieres mirado, y deleita­do de ver una tan acabada figura, vuelve los ojos a mirarlo tal cual aquí lo ves, cubierto con aquella púrpura de escarnio, la caña por cetro real en la mano, y aquella horrible diadema en la cabeza, aquellos ojos mortales, aquel rostro difunto y aquella figura toda borrada con la sangre y afeada por las salivas, que por todo el rostro estaban tendidas. Míralo todo de dentro y fuera, el cora­zón atravesado con dolores, el cuerpo lleno de llagas, desamparado de sus discípulos, perseguido de los judíos, escarnecido de los soldados, despre­ciado de los pontífices, desechado del rey inicuo, acusado injustamente y desamparado de todo fa­vor humano. Y no pienses esto como cosa ya pa­sada, sino como presente; no como dolor ajeno, sino como tuyo propio. Ponte tú mismo en el lugar del que padece, y mira lo que sentirías si en una parte tan sensible como es la cabeza te hinca­sen muchas y muy agudas espinas que penetrasen hasta los huesos; ¿y qué digo espinas?, una sola punzada de un alfiler que fuese apenas lo podrías sufrir. ¿Pues qué sentiría aquella delicadísima ca­beza con este linaje de tormentos?

 Acabada la coronación y escarnios del Salvador, tomólo el juez por la mano, así como estaba tan mal tratado, y sacándole a vista del pueblo furioso, díjoles; Ecce Homo. Como si dijera: Si por envi­dia le procurabais la muerte, veislo aquí tal que no está para tenerle envidia, sino lástima. Temíais no se hiciese Rey, veislo aquí tan desfigurado, que apenas parece hombre. De estas manos atadas, ¿qué os teméis? A este hombre azotado, ¿qué más le demandáis?

 Por aquí puedes entender, ánima mía, qué tal saldría entonces el Salvador, pues el juez creyó que bastaba la figura que allí traía para quebrantar el corazón de tales enemigos. En lo cual puedes bien entender cuán mal caso sea no tener un cristiano compasión de los dolores de Cristo, pues ellos eran tales, que bastaban (según el juez creyó) para ablandar unos tan fieros corazones.

 Pues como Pilatos viese que no bastaban las jus­ticias que se habían hecho en aquel santísimo Cor­dero para amansar el furor de sus enemigos, entró en el Pretorio, y asentóse en el tribunal para dar final sentencia en aquella causa. Ya estaba a las puertas aparejada la Cruz, ya asomaba por lo alto aquella temerosa bandera, amenazando a la cabeza del Salvador. Dada, pues, ya, y promulgada la sentencia cruel, añaden los enemigos una crueldad a otra, que fue cargar sobre aquellas espaldas, tan molidas y despedazadas con los azotes pasados, el madero de la Cruz. No rehusó, con todo esto, el piadoso Señor esta carga, en la cual iban todos nuestros pecados, sino antes la abrazó con suma caridad y obediencia por nuestro amor.

Camina, pues, el inocente Isaac al lugar del sa­crificio con aquella carga tan pesada sobre sus hombros tan flacos, siguiéndole mucha gente y muchas piadosas mujeres, que con sus lágrimas le acompañaban. ¿Quién no había de derramar lágri­mas viendo al Rey de los ángeles caminar paso a paso con aquella carga tan pesada, temblándole las rodillas, inclinando el cuerpo, los ojos mesurados, el rostro sangriento con aquella guirnalda en la cabeza y con aquellos tan vergonzosos clamores y pregones que daban contra El?

 Entre tanto, ánima mía, aparta un poco los ojos de este cruel espectáculo, y con pasos apresurados, con aquejados gemidos, con ojos llorosos, camina para el palacio de la Virgen, y cuando a ella llega­res, derribado ante sus pies, comienza a decirle con dolorosa voz: ¡Oh Señora de los ángeles, Reina del cielo, puerta del paraíso, abogada del mundo, re­fugio de los pecadores, salud de los justos, alegría de los santos, maestra de las virtudes, espejo de la limpieza, título de castidad, dechado de paciencia y suma de toda perfección! Ay de mí, Señora mía, ¡para qué se ha aguardado mi vista para esta hora! ¿Cómo puedo yo vivir habiendo visto con mis ojos lo que vi? ¿Para qué son más palabras? Dejo a tu unigénito Hijo y mi Señor en manos de mis amigos, con una Cruz a cuestas para ser en ella ajusticiado.

¿Qué sentido puede aquí alcanzar hasta dónde llegó este dolor a la Virgen? Desfalleció aquí su ánima, y cubriósele la cara y todos sus virginales miembros de un sudor de muerte, que bastara para acabarle la vida, si la dispensación divina no la guardara para mayor trabajo, y también para ma­yor corona.

 Camina, pues, la Virgen en busca del Hijo, dán­dole el deseo de ver las fuerzas que el dolor le quitaba. Oye desde lejos el ruido de las armas, y el tropel de las gentes, y el clamor de los pregones con que lo iban pregonando. Ve luego resplande­cer los hierros de las lanzas y alabardas que aso­maban por lo alto; allá en el camino las gotas y el rastro de la sangre, que bastaban ya para mostrarle los pasos del Hijo y guiarla sin otra guía. Acércase más y más a su amado Hijo y tiende sus ojos oscurecidos con el dolor y sombra de la muerte, para ver (si pudiese) al que tanto amaba su ánima. ¡Oh amor y temor del corazón de María! Por una parte deseaba verlo, y por otra rehusaba de ver tan lastimera figura. Finalmente, llega ya donde lo pu­diese ver, míranse aquellas dos lumbreras del cielo una a otra, y atraviésanse los corazones con los ojos y hieren con su vista sus ánimas lastimadas. Las lenguas estaban enmudecidas, mas el corazón de la Madre hablaba, y el Hijo dulcísimo le decía: ¿Para qué viniste aquí, paloma mía, querida mía y Madre mía?Tu dolor acrecienta el mío, y tus tor­mentos atormentan a mí. Vuélvete, Madre mía, vuélvete a tu posada, que no pertenece a tu ver­güenza y pureza virginal compañía de homicidas y de ladrones.

 Estas y otras más lastimeras palabras se habla­rían en aquellos piadosos corazones, y de esta ma­nera se anduvo aquel trabajoso camino hasta el lugar de la Cruz.

SAN PEDRO DE ALCÁNTARA

¡MANTÉNGANSE DESPIERTOS!

Monseñor Williamson
Comentario Eleison Nº 196, 16-4-2011
 
Es Nuestro Señor en el Jardín de Getsemaní, quien pone el velar, el mantener nuestros ojos abiertos y no adormecernos, aún antes de la oración (Mateo XXVI, 41). La razón es obvia. Si, a ejemplo de Pedro, Santiago y Juan, no me mantengo alerta (Mateo XXVI, 43), cesaré de rezar, tal vez como en el caso de ellos, cuando Nuestro Señor más lo necesita. ¿Cuántos católicos en los 1950´s y 1960´s, especialmente el clero, no estaban observando los signos de los tiempos en la Iglesia y en el mundo, y por lo mismo fueron sorprendidos completamente por la apostasía del Vaticano II? He aquí la razón por la cual los “Comentarios Eleison”, como solían hacer las “Cartas del Rector”, constantemente vuelven a la economía y a la política, para hacer que los Católicos despierten y se den cuenta de lo que es su religión con sus exigencias, superadas por mucho por sus promesas (I Corintios II, 9).  (…)
 
Todavía, aún los Católicos Tradicionalistas están siendo tentados para cabecear, hasta quedarse dormidos. Aquí dos recientes testimonios. El primero es de un maestro en una escuela Tradicional: — “Me siento tremendamente solo en la batalla, no la batalla con los enemigos externos del mundo, sino aquella dentro de la Fraternidad de San Pío X. Esta batalla interna está siendo librada tan sutilmente que nadie parece estar consciente de ella. Es lo mismo que sucedió en la Iglesia oficial en los años 1960´s, el mismo cambio gradual y lento en el comportamiento.”
 
El segundo viene de un observador dentro de la escena Católica Tradicional en los EUA de hoy: — “Me parece que la militancia Católica está en decadencia. Veo muchos Católicos Tradicionalistas, especialmente padres de familia, aceptando las corrientes del mundo. La lucha ya no es importante para ellos. Están felices de poder tener su hermosa Misa los domingos, pero los lunes mandan a sus hijos a escuelas públicas. Cada Noviembre salen para votar por el menor de los dos demonios, ven Fox News (¿conservador?) y esperan del Partido Republicano (¿conservador?) la solución a todos los problemas del mundo actual. En mi humilde opinión esta falta de militancia está penetrando más y más en el mundo Católico Tradicional. ¿Estamos nosotros (los laicos) recreando el mismo conjunto de circunstancias que nos llevó al Vaticano II? ¿Es el católico tibio hoy en día la predominante mayoría en el movimiento Tradicional? Temo que la respuesta a ambas preguntas pueda ser: sí.”
 
¿Pues no es mucho más fácil renunciar a nadar en contra de la corriente actual, mucho más acogedor el abandonarse en los brazos del Sueño?

La agonía en el huerto

El Divino Redentor, cuando llegó al término de su vida terrenal, después de habernos dejado toda su Persona en el pan y en el vino del Sacramento del Amor y de haber nutrido a sus Apóstoles con su Carne Inmaculada, se dirigió al Huerto de los Olivos, lugar que los discípulos y Judas conocían. A lo largo del trayecto que separa el Cenáculo del Huerto, Jesús enseña a sus discípulos; los prepara para la próxima separación, su inminente Pasión y para sufrir por su amor las calumnias, las persecuciones y la misma muerte; para que cada uno imite a Él, Modelo Divino.

“Yo estaré con vosotros Y vosotros no os turbéis, oh discípulos, porque la promesa divina se cumplirá; la prueba la tendréis en la presente hora solemne.

Él está allí para empezar a vivir su dolorosa Pasión, pero más que pensar en sí mismo, se desvela por vosotros.

¡Oh, que inmensidad de amor encierra aquel corazón!… Su rostro denota tristeza y amor al mismo tiempo; sus palabras emanan de lo más profundo de su Corazón. Él habla con profusión de afectos, infunde valor, consuela y promete confortando, explica los más profundos misterios de su Pasión.

Siempre, ¡oh Jesús!, me ha conmovido el corazón este pasaje tuyo del Cenáculo al Huerto, por la expansión de un amor que se profundiza y se funde con sus amantes, para desahogar un amor que va a inmolarse por los demás, para rescatarlos de la esclavitud. Tú les has enseñado que no existe mayor prueba de amor que dar la propia vida por los amigos, y Tú estás ahora por sellar esta prueba de amor con la inmolación de tu vida.

¿Quién no permanece conmovido ante tan generosa oblación? Lee el resto de esta entrada

¿SIMÓN, TÚ DUERMES?

“Y dijo a Pedro: ¿Simón, tú duermes? ¿No has podido vigilar conmigo una hora? Vigilad y orad para que no caigáis en la tentación. El espíritu, sí, está pronto, pero la carne es flaca”. ¡Qué fuerza tienen estas palabras tan breves de Cristo! Suave es su sonido; mas penetran como el pinchazo de un aguijón. Al dirigirse a Pedro como Simón y reprocharle bajo ese nombre su somnolencia, quería Cristo decir que el nombre de Pedro, dado anteriormente en razón de su firmeza, no era muy apropiado ahora ante su debilidad y su sueño. No sólo interesa aquí notar la omi­sión del nombre de Pedro (o mejor, Cefas), sino también el hecho de que el mismo nom­bre de Simón no dejara de llevar su aguijón. Porque, en hebreo (lengua que hablaba Cris­to), Simón significa “el que escucha” y tam­bién “el que obedece”, y en esta ocasión, y contra el expreso deseo de Cristo, Pedro se había dormido: ni escuchaba ni obedecía. Estas palabras llenas de delicadeza que dirigió a Pedro llevaban otras implicaciones, y po­drían haber sonado como a continuación escri­bo, caso de que hubiera hecho el reproche con tono más severo:

“Simón, que ya no Cefas, ¿duermes? ¿Cómo puedes merecer que te llame Cefas, es decir, ‘roca’, si muestras ahora tanta fla­queza que ni siquiera puedes aguantar una hora sin caer en los lazos del sueño? Y por lo que se refiere a tu viejo nombre, el de Si­món, ¿puedes ser llamado el que escucha’ cuando te encuentro así dormido? ¿Puedes ser llamado ‘obediente’ cuando, a pesar de que te mandé vigilar, apenas me voy, te echas, empiezas a cabecear y te caes dormido? Hice Yo tanto por ti, ¿y tú te duermes? Yo té hice sujeto de honores, ¿y te me duermes? Hace poco te jactabas de que morirías con­migo, ¿y ahora duermes? Soy arrastrado a la muerte por judíos y gentiles y por uno peor que cualquiera de ellos, Judas; y tú, Simón, ¿te duermes? No hay duda de que Satanás está buscando trituraros como el trigo, ¿y tú te duermes? ¿Qué puedo esperar de otros si, en tan grave e inminente peligro, no sólo para mí, sino también para vosotros, incluso tú, Simón, te has dormido?”

Después, y para que nadie pensara que esto afectaba sólo a Pedro, se volvió y habló a los demás: “Vigilad y orad, para que no caigáis en la tentación. El espíritu está pronto, pero la carne es flaca.”

Se nos manda aquí orar constantemente. No sólo se declara la utilidad de la oración, sino su inmensa necesidad. Sin ella, la debi­lidad de la carne nos echa para atrás como la rémora retarda el barco, hasta que nuestras cabezas (sin que importe cuánto deseen ha­cer el bien) son precipitadas en el mar de la tentación. ¿Qué ánimo está más pronto que lo estaba el de Pedro? Esto enseña cuánta necesidad tenía de la ayuda divina contra la debilidad de la carne. Cuando el sueño le im­pidió rezar y pedir ayuda a Dios abrió una rendija al demonio que, poco después, se serviría de su flaqueza para embotar los bue­nos deseos de su corazón y llevarlo hasta la negación de Cristo con perjurio.

Si esto ocurrió a los Apóstoles, hombres que eran ramas verdes llenas de vida, que entraron en tentación por dejar que el sueño interrumpiera su oración, ¿qué ocurrirá con nosotros que, en comparación con ellos, so­mos ramas secas, al enfrentarnos casi de súbi­to con el peligro? Y me pregunto cuándo no estamos en peligro, porque nuestro ene­migo el diablo anda como león rugiente bus­cando a quien cae por la debilidad de la carne para arrojarse sobre él y devorarlo. En tan grave peligro, me pregunto qué será de nos­otros si no seguimos el consejo de Cristo, perseverando en la vigilancia atenta y en la oración.

Manda Cristo estar despiertos no para ju­gar a las cartas o a dados, ni en borracheras o festines y juergas, ni por el vino o las mujeres, sino para rezar. Advierte que hemos de rezar, no de vez en cuando, sino siempre, sin cesar: Orate sine intermissione. No sólo durante el día (pues no parece sea muy necesario mandar a alguien estar despierto de día), sino que aconseja también dedicar a la oración un rato del tiempo que dedicamos generalmente a dormir. Deberíamos estar avergonzados y reconocer nuestra culpa porque ape­nas decimos una o dos breves oraciones, y además, medio dormidos y bostezando. Ense­ña el Salvador que hemos de rezar no para vivir en la opulencia, ni en una rueda de placeres sin fin, ni para que algo horrible ocurra a nuestros enemigos, ni para que re­cibamos honores en este mundo, sino “para que no entremos en la tentación”. Desea, de hecho, darnos a entender que todos esos bie­nes terrenales, o bien pueden sernos a la larga perjudiciales, o de otro modo, son nada en comparación con el beneficio y fruto de la oración. Por eso, dispuso en su sabiduría esta petición al final de la oración que había pre­viamente enseñado a sus discípulos, y que es como un resumen: “y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal”.

 

TOMÁS MORO