Archivos Mensuales: abril 2013

NUEVO BLOG

 

VADE RETRO SATANA

SAN BENITO de Palermo

3 de abril.

(+ 1589)

El glorioso san Benito de Pa­lermo, que se llama comúnmen­te el Santo Negro, porque era de este color a semejanza de los etíopes, nació en la aldea llama­da San Filadelfo del obispado de Messana, de padres moros de li­naje, pero que profesaban la ley cristiana. Mozo era todavía cuan­do para seguir el llamamiento del Señor vendió su hacienda, repartió el precio de ella a los pobres y se retiró a una soledad, juntándose con unos varones pia­dosos que por concesión apostó­lica vivían allí debajo de la re­gla de san Francisco de Asís. Perseveró en esta vida santa y penitente por espacio de cuarenta años, hasta que el Papa Pío IV, ordenó que aquellos solitarios que habían profesado el instituto de san Francisco se agregasen a una de las órdenes religiosas aprobadas por decretos pontificios. Entonces se retiró san Benito a Palermo, en el convento de Menores Observantes de santa María de Jesús, y allí resplandeció a los ojos de sus religiosos hermanos como un acabado ejemplar de todas las virtudes. Ejercitá­base con singular gozo en los oficios más bajos y humildes: ayunaba constantemen­te las siete cuaresmas anuales prescritas por el patriarca san Francisco; su cama era la tierra desnuda, su sueño breve, su hábito el más raído y desechado, extre­mado su amor a la pobreza, angelical su castidad y recato, su oración continua, porque en todas las cosas no buscaba sino a Dios, no deseaba sino a Dios, y en cuya presencia estaba, y a quien hablaba con dulces lágrimas y amorosos suspiros del alma. Hiciéronle prelado del mismo convento de santa María de Jesús, y aunque era lego y hombre sin letras, gobernó con tanta prudencia, caridad y gracia del Señor aquella comunidad, que llevó adelante con gran conformidad de todos la reforma y estrictísima observancia de su Regla. A todos sus religiosos animaba el santo con sus heroicas virtudes, y con la suavidad de su gobierno, de manera que aquel con­vento no parecía sino una morada de san­tos que hacían en ella vida de ángeles. Finalmente, habiendo profetizado el día y hora en que el Señor quería llevarle para sí, recibió con grande fervor los sacra­mentos de la Iglesia y entregó su purísima alma al Creador, a la edad de sesenta y tres años. Su sagrado cuerpo se conserva entero, y despidiendo suave olor, en la ciudad de Palermo, donde empezó a ser solemnemente venerado. Su culto se ex­tendió después no sólo por toda Sicilia, si­no también por España, Portugal, Brasil, Méjico y Perú, hasta que en 1807 el Papa Pío VII le puso en el catálogo de los san­tos.

 Reflexión: ¡Un santo negro! ¡Un alma hermosísima en un cuerpo feo!, ¡un cora­zón precioso, morada del Señor de los án­geles en un hombre de raza mora y pare­cido a los etíopes! ¡Ah!, ¡y qué poco repa­ra nuestro Señor en estas cosas de que se avergüenzan y deshonran los hombres! ¿Qué importa que el cuerpo corruptible y mortal sea feo o hermoso, con tal que el alma conserve la imagen y semejanza de Dios? Esta es la belleza inmarcesible que debemos desear y procurar, porque así como el alma muerta por el pecado es as­querosa como un cadáver podrido, horri­ble como un demonio, y tan horrorosa, que si se apareciese como es, mataría de es­panto a los que la viesen; así el alma san­tificada por la gracia divina es más bella que el sol, hermosísima como un ángel y tan semejante al ser Divino, que, si la viésemos con nuestros ojos, la tomaríamos por retrato del mismo Dios.

 Oración: Oye Señor, las súplicas que te hacemos en la solemnidad del bienaven­turado Benito, tu confesor, para que los que no confiamos en nuestras virtudes, seamos ayudados por los ruegos de aquel santo que fué de tu agrado. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 FLOS SANCTORVM

Catequesis del Santo Padre: sobre la Resurrección de Cristo

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro

Miércoles 3 de abril de 2013

 Queridos hermanos y hermanas: ¡Buenos días!

 Hoy continuamos con las catequesis del Año de la fe. En el Credo repetimos esta expresión: “El tercer día resucitó según las Escrituras”. Es precisamente el evento que estamos celebrando: la Resurrección de Jesús, el centro del mensaje cristiano, que resonó desde el principio y ha sido transmitió para que llegara hasta nosotros. San Pablo escribe a los cristianos de Corinto: “Les he trasmitido en primer lugar, lo que yo mismo recibí: Cristo murió por nuestros pecados, conforme a la Escritura. Fue sepultado y resucitó al tercer día, de acuerdo con la Escritura. Se apareció a Pedro y después a los Doce.” (1 Corintios 15:3-5)

 Esta breve confesión de fe anuncia precisamente el Misterio Pascual, con las primeras apariciones del Resucitado a Pedro y a los Doce: la Muerte y la Resurrección de Jesús son justo el corazón de nuestra esperanza. Sin esta fe en la muerte y en la Resurrección de Jesús nuestra esperanza será débil, ya no será ni siquiera esperanza. Y precisamente la muerte y la Resurrección de Jesús son el corazón de nuestra esperanza. El Apóstol afirma: “Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es inútil y vuestros pecados no han sido perdonados”. (1Cor 15, 17)

 Por desgracia, a menudo se ha tratado de opacar la fe de la Resurrección de Jesús, e incluso entre los propios creyentes se han insinuado dudas. Un poco una fe “al agua de rosas”, como decimos nosotros. No es la fe fuerte. Y esto por superficialidad, a veces por indiferencia, ocupados por miles de cosas que se consideran más importantes que la fe, o por una visión puramente horizontal de la vida. 

Pero es precisamente la Resurrección la que nos abre a la esperanza más grande, porque abre nuestra vida y la vida del mundo al futuro eterno de Dios, a la felicidad plena, a la certeza de que el mal, el pecado y la muerte pueden ser derrotados. Y ello lleva a vivir con mayor confianza las realidades cotidianas, a afrontarlas con valentía y con empeño. La Resurrección de Cristo ilumina con una luz nueva estas realidades cotidianas ¡la Resurrección de Cristo es nuestra fuerza!

 ¿Pero cómo se nos ha transmitido la verdad de la fe de la Resurrección de Cristo? Hay dos tipos de testimonios en el Nuevo Testamento: algunos son en forma de profesión de fe, es decir, son fórmulas sintéticas que indican el centro de la fe; mientras que otros están en forma de relato del evento de la Resurrección y de los hechos relacionados con ella. La primera: la forma de la profesión de la fe, por ejemplo, es la que acabamos de escuchar, o la de la Carta a los Romanos en la que San Pablo escribe: “Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvado.”(10:09). Desde los primeros pasos de la Iglesia es clara y firme la fe en el Misterio de la Muerte y Resurrección de Jesús. Hoy, sin embargo, quisiera centrarme en la segunda, en los testimonios que toman la forma de un relato, que encontramos en los Evangelios. Sobre todo observamos que los primeros testigos de este evento fueron mujeres. Al amanecer, ellas van al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús, y encontraron el primer signo: el sepulcro vacío (cf. Mc 16:01). Sigue después el encuentro con un Mensajero de Dios que anuncia: Jesús de Nazaret, el crucificado, no está aquí, ha resucitado (cf. vv 5-6). Las mujeres son llevadas por el amor y saben acoger este anuncio con fe: creen, y de inmediato lo transmiten, no lo tiene para sí mismas. Lo transmiten.

 La alegría de saber que Jesús está vivo y la esperanza que llena el corazón no se pueden contener. Esto debería suceder también en nuestra vida ¡Sintamos la alegría de ser cristianos! ¡Nosotros creemos en un Resucitado que venció el mal y la muerte! ¡Tengamos la valentía de ‘salir’ para llevar esta alegría y esta luz a todos los lugares de nuestra vida! ¡La Resurrección de Cristo es nuestra mayor certeza; es el tesoro más precioso! ¡Cómo no compartir con los demás este tesoro, esta certeza. No es sólo para nosotros, es para transmitirla, para darla a los demás, compartirla con los demás. Es nuestro testimonio.

 Otro elemento. En las profesiones de fe del Nuevo Testamento, como testigos de la Resurrección vienen recordados sólo los hombres, los Apóstoles, pero no las mujeres. Esto se debe a que, de acuerdo con la Ley judaica de aquel tiempo, las mujeres y los niños no podían dar un testimonio fiable, creíble. En los Evangelios, sin embargo, las mujeres tienen un papel primordial, fundamental. Aquí podemos ver un elemento a favor de la historicidad de la Resurrección: si se tratara de un hecho inventado, en el contexto de aquel tiempo no hubiera estado relacionado al testimonio de las mujeres. Los evangelistas, en cambio, simplemente se limitan a narrar lo que sucedió: las mujeres son los primeros testigos.

 Esto nos dice que Dios no elige según los criterios humanos: los primeros testimonios del nacimiento de Jesús son los pastores, gente sencilla y humilde. Y las primeras en ser testimonios de la Resurrección son las mujeres. Y ello es bello, es un poco la misión de las mujeres, de las mamás, de las abuelitas. Dar testimonio a sus hijos y nietos de que Jesús está vivo, vive ha resucitado. Mamás y mujeres ¡adelante con este testimonio!

 Lo que cuenta para Dios es el corazón, cuán abiertos estamos para Él, si somos como niños que se fían. Pero esto nos hace reflexionar también sobre cómo las mujeres, en la Iglesia y en el camino de la fe, hayan tenido y sigan teniendo aún hoy un papel especial en el abrir las puertas al Señor, en seguirlo y en comunicar su Rostro, porque la mirada de fe necesita siempre la mirada sencilla y profunda del amor. A los Apóstoles y a los discípulos les cuesta más creer, a las mujeres no. Pedro corre al sepulcro, pero se detiene ante la tumba vacía; Tomás debe tocar con sus manos las heridas del cuerpo de Jesús. También en nuestro camino de fe es importante saber y percibir que Dios nos ama, no tener miedo de amarlo: la fe se profesa con la boca y con el corazón, con las palabras y con el amor.

 Después de las apariciones a las mujeres, siguen otras: Jesús se hace presente de un modo nuevo: es el Crucificado, pero su cuerpo es glorioso; no ha vuelto a la vida terrenal, sino en una nueva condición. Al principio no lo reconocen, y sólo a través de sus palabras y sus gestos los ojos se abren: el encuentro con el Resucitado transforma, da un nuevo vigor a la fe, un fundamento inquebrantable. También para nosotros, hay muchos signos con los que el Resucitado se da a conocer: la Sagrada Escritura, la Eucaristía y los demás Sacramentos, la caridad, los gestos de amor que llevan un rayo del Resucitado.

 ¡Dejémonos iluminar por la Resurrección de Cristo, dejémonos transformar por su fuerza, para que, también a través de nosotros en el mundo, los signos de muerte dejen lugar a los signos de la vida! He visto que hay muchos jóvenes en la plaza, chicos y chicas, aquí están. Les digo: lleven siempre esta certeza, el Señor está vivo y camina a nuestro lado en la vida. Ésta es vuestra misión. Lleven adelante esta esperanza. Estén anclados a esta esperanza, esta ancla que está en el cielo. Sujétense fuerte a la cuerda, queden anclados y lleven adelante la esperanza. Vosotros, testimonio de Jesús, testimonien que Jesús está vivo y eso nos dará esperanza y dará esperanza a este mundo algo envejecido por las guerras, por el mal y por el pecado ¡Adelante jóvenes!

EL GOLPE MAESTRO DE SATANÁS

¿Es cristiana la veneración de la Santa Muerte?

¿Es cristiana la veneración de la Santa Muerte?

Las personas que veneran a la así llamada “Santa Muerte” la presentan como una «entidad espiritual» que ha existido siempre, desde el principio de los tiempos hasta nuestros días. De hecho, dicen que es la entidad espiritual más poderosa que existe.

Afirman que esta entidad espiritual maneja una energía denominada «energía de la muerte», capaz de materializarse en una figura, que concentra tanto la fuerza creadora como la destructora del universo. Según ellos, el que cree en la «Santa Muerte» puede aprender a manejar esta fuerza, que emana de sus imágenes consagradas, puesto que la Niña Blanca (otro de sus nombres) es una de las protecciones más fuertes que existen.

 1. ¿Por qué la veneran tanto?

Para sus devotos, «la Señora», como la llaman afectuosamente, es capaz de aparecerse y manifestarse corporalmente o imprimir sus imágenes en diversos lugares. En libros y revistas en los que se promueve su culto, narran las supuestas intervenciones milagrosas que han vivido, en las que la «Santa Muerte» los ha librado de múltiples peligros y les ha ayudado a resolver problemas complicados, relacionados con la salud, el dinero y el amor.

Otro dato importante: los que practican el culto a la llamada «Santa Muerte» lo hacen porque, supuestamente a “ella” se le puede pedir de todo: hay gente que pide favores o milagros para tener trabajo, salud o comida, pero también hay personas que piden el poder económico, político o criminal, quienes curiosamente le solicitan venganzas o muertes, además de éxito en sus actividades relacionadas con el crimen organizado.

Lo que nunca se atreverían a pedir a Dios, a la Santísima Virgen, a los ángeles y a los santos, se atreven a pedirlo a la así llamada «Santa Muerte». No extraña, pues, que el culto a la «Santa Muerte» se relacione con personas que viven en situaciones de alto riesgo y con la delincuencia esporádica u organizada. Sus devotos suelen portar un dije o un escapulario ostensible con esta imagen. Hay muchos que se hacen un tatuaje en la piel. La llevan los militares, los policías, los narcotraficantes, los delincuentes y las sexo-servidoras, aunque como en todas las reglas, existen excepciones. La Santa Muerte es un símbolo que parece identificar a personas que viven entre lo legal y lo ilegal.

 2. ¿Es cristiana la veneración a la Santa Muerte?

La veneración a la llamada «Santa Muerte» no es cristiana, más bien está relacionada con las llamadas ciencias ocultas, el espiritismo, la magia, la brujería y el esoterismo. Algo completamente al margen de la fe católica, que prescinde del aspecto ético y tolera, promueve y apoya conductas delictivas. Se trata de un culto completamente alejado de las enseñanzas de Jesús, que conocemos por la predicación en la Iglesia católica.

 3. ¿Cuándo y dónde inició este culto?

Su origen es incierto. Hay quienes afirman que es un culto de origen prehispánico o de origen africano. Algunos estudiosos creen que este culto inició de manera más abierta hacia 1950 en la república mexicana, especialmente en tres estados (Veracruz, Hidalgo y Zacatecas) y el Distrito Federal (el barrio bravo de Tepito), aunque su origen está en un grupo religioso sincrético llamado espiritualismo trinitario mariano.

 4. ¿Por qué se ha difundido mucho este culto?

Por su extremo parecido a la religiosidad popular católica, por el uso de imágenes, altares, veladoras, flores, procesiones, etc. De hecho, muchos católicos de Iberoamérica creen que se trata de algo aprobado por la Iglesia y piensan que la «Santa Muerte» es un santo más de la Iglesia Católica. Muchos la veneran a la par de San Judas Tadeo o San Chárbel.

Por otra parte, para quienes lo promueven, el culto a la llamada «Santa Muerte» representa una fuente importante de ingresos constantes, por la credulidad, la ignorancia y la buena fe de los devotos, que adquieren todo lo relacionado con ella. Lee el resto de esta entrada

SAN HUGO, obispo de Grenoble

1º de abril. (+ 1132)

Fué el glorioso san Hugo de nación francés, y nació de nobles y virtuosos padres, en Castel-Nuevo, en la de la ciudad de Va­lencia. Su padre Odilón, caba­llero y militar, acabó santamen­te su vida en la Cartuja siendo de edad de cien años y recibió los sacramentos de manos de su hijo obispo. El mismo consuelo al­canzó su virtuosa madre. No te­nía san Hugo sino veinte y siete años, cuando el legado del Papa le apremió para que aceptase el obispado de Grenoble, y se fuese con él a Roma para ser consagra­do del sumo Pontífice Gregorio VII. Estaba a la sazón en Roma la condesa Matilde, señora no menos piadosa que po­derosa, la cual le presentó grandes dones y todo lo necesario a la consagración. Muy lleno de espinas y malezas halló san Hugo el campo de aquella iglesia de Grenoble; los clérigos llevaban vida relajada, los le­gos estaban enredados en logros y usuras, los hombres sin fidelidad, las mujeres sin vergüenza, los bienes de la Iglesia enaje­nados, y todas las cosas en suma confusión por lo cual a los dos años, pareciendo al santo que hacía poco fruto, tomó el hábi­to de monje de la orden de san Benito y pasó un año de noviciado en el monasterio llamado Domus Dei, Casa de Dios; pero sabiéndolo el Papa, le mandó volver a su obispado, y él obedeció con presteza y resignación. Pasados tres años, vino al san­to obispo, guiado de Dios, san Bruno con otros seis compañeros, para comenzar en su diócesis la sagrada religión de la Car­tuja; y les acogió, animó y acompañó has­ta un lugar fragoso y áspero, que se lla­maba la Cartuja, donde dieron principio a su santo instituto, y san Hugo muchas veces se iba también a aquel lugar sa­grado y se estaba con ellos y les servía en las cosas más viles y bajas de la casa. Por sus muchos ayunos, oraciones y estu­dios, nuestro Señor le probó con un dolor de cabeza y de estómago muy grande, que le duró cuarenta años. Hacíase leer la Sagrada Escritura a la mesa y prorrumpía en lágrimas con tanta abundancia que le era necesario dejar la comida, o que se dejase la lección. No perdonó su anillo ni un cáliz de oro que tenía, para remediar la necesidad de los pobres. Siendo ya vie­jo, fué en persona a Roma y suplicó a Ho­norio II que le descargase del obispado; después hizo la misma instancia a Ino­cencio II, mas el Papa con razón le negó lo que pedía, porque cuando el santo en­tró en su iglesia, la halló muy estragada y perdida, y cuando murió, la dejó muy reformada y acrecentada en todo. Final­mente, a los ochenta años de su edad, el Señor le llevó para sí y le dió el premio de la retribución eterna.

 Reflexión: Fué tan extremado el recato de este santo varón, que con haber sido obispo más de cincuenta años, y tratado muchos negocios con muchas señoras prin­cipales que por razón de su oficio acudían a él, afirmó que no conocía de rostro a ninguna mujer de su obispado, sino a una vieja y fea que servía en su casa. Preguntaron una vez al santo por qué no había reprendido a una mujer que había venido a hablarle con galas profanas. Y él res­pondió: «Porque no vi si estaba así com­puesta». Y a este propósito decía el santo que no sabía cómo podía dejar de tener malos pensamientos, el que no sabía re­frenar los ojos; pues, como dice Jeremías: muchas veces entra por ellos la muerte en el alma. Guarda, pues, esas puertas de tus sentidos; que más fácil es estorbar a los enemigos la entrada en el alma, que vencerles cuando ya está dentro.

 Oración: Suplicámoste, Señor, que oi­gas benignamente los ruegos que te hace­mos en la festividad del bienaventurado Hugo, tu confesor y Pontífice, y que nos perdones nuestros pecados por los merecimientos de aquél que tan dignamente te sirvió. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 FLOS SANCTORVM

Lunes del Ángel: Francisco pide acoger la victoria de Cristo sobre el mal en la propia vida

Lunes del Ángel: Francisco pide acoger la victoria de Cristo sobre el mal en la propia vida

“Queridos hermanos y hermanas:

¡Buena Pascua a todos ustedes! Les agradezco que hayan venido también hoy en gran número para compartir la alegría de la Pascua, misterio central de nuestra fe. Que la fuerza de la Resurrección de Cristo llegue a cada persona –especialmente a los que sufren– y a todas las situaciones más necesitadas de confianza y esperanza.

 Cristo ha vencido el mal de modo pleno y definitivo, pero nos corresponde a nosotros, a los hombres de todos los tiempos, acoger esta victoria en nuestra vida y en las realidades concretas de la historia y de la sociedad.

 Por esto me parece importante subrayar lo que hoy le pedimos a Dios en la liturgia: “Oh Padre, que haces crecer tu Iglesia dándole siempre nuevos hijos, concede a tus fieles que expresen en su vida el sacramento que han recibido en la fe” (Oración Colecta del Lunes de la Octava de Pascua).

 Es verdad, el bautismo que nos hace hijos de Dios, la Eucaristía que nos une a Cristo, deben convertirse en vida, es decir, traducirse en actitudes, comportamientos, gestos, opciones. La gracia que está en los Sacramentos pascuales es un potencial de renovación enorme para la existencia personal, para la vida de las familias, para las relaciones sociales.

 Pero todo pasa a través del corazón humano: si yo me dejo alcanzar por la gracia de Cristo resucitado, si le permito que me cambie en ese aspecto mío que no es bueno, que puede hacerme mal a mí y a los demás, yo permito a la victoria de Cristo que se afirme en mi vida, que extienda su acción benéfica.

 ¡Éste es el poder de la gracia! Sin la gracia no podemos hacer nada. Sin la gracia no podemos nada. Y con la gracia del Bautismo y de la Comunión eucarística puedo llegar a ser instrumento de la misericordia de Dios. De esa bella misericordia de Dios.

 Expresar en la vida el sacramento que hemos recibido: he aquí, queridos hermanos y hermanas, nuestro empeño cotidiano, pero diría también ¡nuestra alegría cotidiana! ¡La alegría de sentirse instrumentos de la gracia de Cristo, como sarmientos de la vid que es Él mismo, animados por la linfa de su Espíritu!

 Oremos juntos, en el nombre del Señor muerto y resucitado, y por intercesión de María Santísima, para que el Misterio pascual obre profundamente en nosotros y en nuestro tiempo, para que el odio deje el lugar al amor, la mentira a la verdad, la venganza al perdón, la tristeza a la alegría”.

 Tras concluir el rezo del Regina Caeli, el Santo Padre saludó a los llegados de los distintos continentes y deseó a todos que vivan serenamente este Lunes del Ángel, en el que resuena con fuerza el anuncio gozoso de la Pascua: “¡Cristo ha resucitado!” y concluyó deseando “¡Buena Pascua a todos! ¡Buena Pascua a todos y buen almuerzo!”.